El mes de octubre de nuestro calendario Rostros de Venezuela. Un atlas para los niños está dedicado a los aprendices, ese concepto nacido en la Edad Media que refiere a la enseñanza de un niño en un oficio bajo la tutela del maestro del gremio al cual pertenecía. El poema que acompaña el mes, “Los artesanos”, del gran Manuel Felipe Rugeles (1903-1959), publicado en su libro Pirulero,[1] dota de marco a nuestro tema:
«En ronda los niños/ y al centro el maestro,/ los que juegan oyen/ su voz en silencio./ Él les da los nombres/ a todos, diciendo:/ -Tú tendrás la fragua/ y eres el herrero. / -Tú tendrás las pieles./ Serás zapatero. /-Y tú las maderas./ Serás carpintero. /-Y éste hará ladrillos/ como un alfarero./ -Y aquél tendrá harina./ Será molinero. /Entonces pregunta:/ – ¿Cómo hace el herrero?/ – Y el niño responde/ con alegre gesto:/ -Soplando la fragua,/ para hacer el fuego/ y el hierro en el yunque/ poniéndolo luego. /Y así van los niños/ las cosas diciendo./ Juego de artesanos/ se llama este juego./ -Yo tengo la fragua./ Yo soy el herrero./ -Yo tengo las pieles./Soy el zapatero./ -Yo corto maderas./ Yo soy carpintero./ -Yo tengo la harina./ Yo soy molinero./ “Porque este es el juego/ de Juan Pirulero./ Y aquí cada quien/ atiende a su juego…»
Y el niño de la fotografía nos aproxima al valor de aprender un oficio, pero este jovencito, este “vendedor ambulante”, vende sueños y esperanzas, letras y leche, aceite de oliva y un mensaje de “Prospera con Venezuela”.
La imagen encarna toda la belleza del primer impacto y de los aspectos que profundiza a medida que la vemos. Su carreta está cargada con productos llamativos, varios de los ejemplares del Primer Festival del Libro Venezolano, celebrado en 1958; una mezcla para hacer arepas, leche Carabobo, pasta de dientes Colgate. Entre latas y potes, libros y mensajes, un “Compra venezolano” sobresale de las manijas de la carreta que tienen amarradas unas maracas que invitan a escucharlas.
La venezolanidad es el tema capturado por el fotógrafo colombiano Leo Matiz (1917-1998) en esta fotografía. ¿Sería acaso una publicidad? Tantos detalles son un llamado a pensar al país, justo en los años después del 23 de enero de 1958. Es la Venezuela de ese instante y la que iba naciendo la que carga el niño con su liquiliqui y su sombrero, pisa firme, mira hacia adelante, sus alpargatas y su mensaje de abundancia, exposición y correlación de los productos venezolanos son el centro de una imagen que tiene bambalinas y lamparitas de papel, comensales en sus mesas y la sugerencia de una fiesta popular.
El genio del fotógrafo está presente y se despliega en toda su extensión entre claroscuros y encuadres, luces y sombras. A 65 años de haber tomado la fotografía, ella habla aún y lo seguirá haciendo, cargada de mensajes de un país, de recuerdos colectivos, de sabrosuras para el paladar, de narrativas para leer.
Y es que así era Leo Matiz, uno de esos fotógrafos que, como afirmara Álvaro Mutis: “…en sus fotos no quiere decir más ni menos de lo que su cámara ha registrado.”[2]
Colombiano y universal, nació en Aracataca en el año 1917. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Bogotá y realizó estudios de fotografía en el taller del fotógrafo colombiano Luis B. Ramos (1889-1955).
El polifacético Matiz se desempeñó en distintos roles, aunque todos convergen en su cámara o en su manera de mirar y mostrar: ilustrador, caricaturista, pintor, cinematógrafo, galerista y fundador de periódicos. Llegó a Venezuela en los años 50 tras haber vivido y trabajo en México, donde fue reconocido como “Mejor reportero gráfico” en 1945, y en su paso por las Naciones Unidas cubrió los acuerdos de paz del conflicto árabe-israelí. Sus imágenes fueron expuestas en 1949 en Nueva York y le garantizaron su sitial entre los 10 mejores fotógrafos del mundo.
En Venezuela trabajó junto a Plinio Mendoza, fue colaborador de revistas, periódicos y películas venezolanas. Registró los eventos del 23 de enero de 1958 y fue testigo de excepción del gobierno de Rómulo Betancourt como fotógrafo oficial del Palacio de Miraflores en 1961.
Fue premiado y reconocido con el Horus Sicof en Milano, Italia, y con el título de Chevalier des arts et lettres (Caballero en la Orden de las Artes y las Letras) en Francia; fue condecorado en Italia como el Filo d’Argento (Hijo de Plata). En 1998, año de su muerte, el Ministerio de Cultura en Colombia rindió tributo a su legado.
Gracias Leo Matiz por tanta imagen de la modernidad venezolana, por tanta memoria visual; gracias por su mirada y por los instantes inmortalizados, por el tiempo aprehendido y guardado para las generaciones del futuro que se recrea con cada segundo que se va.
[1] Rugeles, Manuel Felipe. (1950). Canta Pirulero.
[2] Mutis, Álvaro. (1994) “La lección de Leo Matiz” en El tercer ojo / The third eye of Leo Matiz. Bogotá: Ediciones Gamma. pp. 21-22
