«… me aferro como la ostra al grupo tan reducido de mis afectos profundos. Lo cierto es que me conmueve hasta las lágrimas todo cuanto con ustedes se refiere, a la hija y nietos amados».[1]
Rómulo Betancourt
«Rómulo amó la vida, la disfrutó y la defendió. Se supo histórico y lo asumió, sin ambages, sin traumas, sin modestias que hubieran resultado falsos».
Álvaro Pérez Betancourt. Mi abuelo Rómulo
«Marc Bloch en un esfuerzo total por captar al hombre en la sociedad y el tiempo rechaza una historia que mutile al hombre (la verdadera historia se interesa por el hombre en su totalidad, por su cuerpo, su sensibilidad, su mentalidad y no solo por sus ideas y sus actos), y por lo tanto mutilaría la propia historia».[2]
Hay múltiples formas de aproximarse al estudio de un personaje histórico. La primera es la indagación en los archivos documentales y/o audiovisuales del propio personaje —si los hubiere—, de sus contemporáneos, públicos y privados; revisión de hemerografía, estudio de textos surgidos de la investigación de otros autores; testimonios orales, escritos, grabados, y en ese sentido, las fuentes que surgen del entorno personal, familiar, afectivo que trascienden el espacio público, dan cuenta de aristas que completan al personaje y, por ende, ofrecen otra visión de su historia.
Sobre Rómulo Betancourt han escrito inmensos historiadores: Manuel Caballero publicó Rómulo Betancourt, político de nación (2004); Germán Carrera Damas, Rómulo histórico (2013); Naudy Suárez editó la Rómulo Betancourt. Selección de escritos políticos 1929-1981 (2006), entre otros autores, sin embargo, los aspectos personales de Betancourt son menos conocidos y han sido explorados por ejemplo en el libro Vida en familia de Virginia Betancourt (2007) donde se exhibe «la peripecia de su familia paterna y materna».[3] y devela muchas de esas facetas.
El destino permitió que me asomara y conociera el universo personalísimo de Betancourt a través de la correspondencia familiar, conversaciones y recuerdos de su círculo cercano.
En el año 2011 comencé a cursar el diplomado de Historia Contemporánea de Venezuela en la Fundación Rómulo Betancourt y conocí a Álvaro Pérez Betancourt,[4] antropólogo visual y documentalista, quién, para celebrar el centenario del nacimiento de su abuelo, había realizado el documental titulado Rómulo Betancourt, el legado democrático.
Por esos días yo trabajaba con Fausto Masó, editor y dueño de Editorial Libros Marcados. Al contarle entusiasmada sobre el documental que había visto la noche anterior, sólo dijo: —¿Y el nieto de Rómulo no querrá escribir un libro? Llámalo, pregúntale—. Dos años después Álvaro y yo publicamos con la editorial de Masó el libro Mi abuelo Rómulo (2013), que resultó ser un viaje hacia los aspectos íntimos de uno de los políticos más influyentes del siglo XX venezolano. La edición del libro empezó con una selección de cartas de RB, dirigidas a su hija Virginia Betancourt Valverde y a sus nietos, y también las que Álvaro escribía mientras Rómulo estaba en Berna en el autoexilio, como Betancourt denominó al período posterior al término del quinquenio de su gobierno (1959-1964); asimismo, realizamos entrevistas a Américo Martín, Alirio Palacios, Octavio Lepage, Carlos Gottberg, Simón Alberto Consalvi, Alicia Freilich, Enrique Tejera París, Carlos Canache, Luis José Oropeza y Virginia Betancourt, y culminamos con la revisión de un fondo visual.
Solemos tener aprensión a la dimensión afectiva de los personajes históricos porque la consideramos “subjetiva” —como si la escogencia de otras fuentes no lo fuera— y nos persigue el fantasma de las “verdades absolutas” que para ser tales deben ser científicas o teológicas. Afortunadamente, la historia no pertenece a ninguno de esos ámbitos.
Escuché las anécdotas y cercanías de un abuelo en las palabras de su nieto que le narraba por cartas sus aventuras en San Pedro (Altos Mirandinos), la descripción pormenorizada de las vacaciones familiares en Calabozo (estado Guárico) o su “trabajo” en un taller de silenciadores “pasando llaves y aguantando tubos”, a los doce años. El político que configuró la Generación del 28, el redactor del Plan de Barranquilla de 1931, el que soñó con un “país transitable y habitable”, frase dicha por RB a Miguel Otero Silva en una entrevista realizada en febrero de 1963;[5] el dos veces presidente de la República, el estadista que se despidió de la presidencia de la República en 1964 y en 1972, en comunicación dirigida los miembros de su partido, ratificaba su posición de no postularse nuevamente a la presidencia, tal como ya había afirmado al terminar su mandato en rueda de prensa realizada en Miraflores:
«Rotunda y categóricamente digo que no volveré a ser más presidente de Venezuela. Ya lo he sido en dos oportunidades y hay que darles ocasión de ejercer la primera magistratura, con todo lo que comporta de responsabilidad y de satisfacciones, a otros venezolanos».
Luis Lauriño,[6] investigador de la vida y obra de Rómulo Betancourt, puntualiza:
«En este orden de ideas, vale la pena recordar un gesto, en mi opinión, inédito y de vanguardia institucional de RB: el decreto de 1945 que impedía a los integrantes de la Junta de Gobierno ser candidatos presidenciales. Fue la fórmula de “autoexclusión” con la que Betancourt logró enviar a los militares de vuelta a los cuarteles, aceptando postergar su propio protagonismo en favor de la candidatura de Gallegos. Fue un sacrificio calculado; lejos de ser un descuido, fue la jugada de un ajedrecista que sabía que, para ganar el país, primero debía institucionalizar las reglas del juego».[7]
El sobreviviente de los atentados de La Habana en 1950 y de Los Próceres en 1960, el que dividió las opiniones sobre él en tajos, aunque su liderazgo e impronta resultaran para sus enemigos y adversarios, indiscutibles. Aquel que Miguel Otero Silva introducía en la entrevista antes citada, así:
«¡Betancourt es el político más capaz, más patriota, más valiente, más honrado
y más progresista de toda nuestra historia!
– ¡Mentira! ¡Betancourt es un sectario, un pésimo administrador, un agente del
imperialismo, un malvado, un hombre funesto para el país!
– ¡Falso! ¡El pueblo entero está a su lado, y el pueblo nunca se equivoca!
– ¡Patrañas! ¡El pueblo lo odia! (…)».[8]
El fundador de ARDI (1931), director del semanario Trabajo, órgano del Partido Comunista de Costa Rica, que haciendo acopio de valor político y personal, abandonó —a contracorriente— desde muy temprano el comunismo radical para emprender una “herejía personal”;[9] el que pronunció el discurso en 1936 en la primera Asamblea del Movimiento de Organización Venezolana (ORVE), el que terminaría escribiendo más de 600 artículos en el diario Ahora, y fuera autor de amplia obra escrita, empezando por su “libro de combate”, Venezuela, política y petróleo (1956), Con quién estamos y contra quién estamos (1932), Hacia una América Latina democrática e integrada (1967), Hombres y Villanos (1987), entre tantos; el fundador de Acción Democrática, que concibió un país moderno, y planteó la necesidad de crear la OPEP; también fue un abuelo amoroso, cercano y dedicado que tenía en su nevera “heladitos de café” para compartir en las tardes con sus nietos, a quienes llevaba a la playa y les preparaba mezclas de comidas que a los niños les resultaban divertidas y mantuvo con ellos correspondencia mientras estaba fuera del país.
Cada carta dirigida a su hija Virginia y a sus “negritos” (nietos) reveló para mí un rostro insospechado de Betancourt, que reservaba exclusivamente para los allegados.
Una de las más emotivas cartas que sus nietos conservan como legado fue la que remitiera a su hija en 1970, donde le decía:
«Lo único que quiero dejarte dicho es que tus hijos y los hijos de tus hijos van a sentirse siempre orgullosos de tenerme como su antepasado, no porque fuera un genio, sino un hombre que nunca entendió sino como obligación y servicio la actividad pública».[10]
Con esas palabras terminó Álvaro el libro Mi abuelo Rómulo; con ellas, cierro esta semblanza del gourmet a la criolla que podía tomar vino rosé con pescado; ver cine de autor, western, y hasta Love Story; el que recordaba a los nietos frente a las pinturas de Klee y les escribía para hacérselos saber, mientras enviaba a su nieto mayor Sergio[11] el disco de Hair y seguía de cerca el desempeño escolar de cada uno de ellos, sin perder de vista su papel en la historia de Venezuela y su impronta en el largo período en el que influyó en la política nacional y latinoamericana.
















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[1] Fragmento de carta dirigida a Virginia Betancourt, fechada en Berna, Suiza, el 22 de octubre de 1968, publicada en el libro Mi abuelo Rómulo (2013).
[2] Bloch, Marc. (1996). Apología para la historia o el oficio de historiador. México: Fondo de Cultura Económica, p. 54
[3] Betancourt Valverde, Virginia. (2007). Vida en familia (1890-1958). Caracas: Fundación para la Cultura Urbana.
[4] Álvaro Pérez Betancourt (Venezuela, 1959 – 2025) Antropólogo. Documentalista. Autor de los libros: El edecán de Betancourt. Memorias de Oscar Zamora Conde (2012); Mi abuelo Rómulo, (2013), Detrás de la máscara. Chamanismo, arte, danza y cantos Piaroa (2023), Democracia y Libertad. Luis Muñoz Marín y Rómulo Betancourt. Historia fotográfica de dos estadistas (2020), y los documentales, Voces de los Orishas (1993), Nacientes, los viajes de Inga Goetz a las fuentes del Orinoco (1998) y Rómulo Betancourt, el legado democrático (2010, entre otros.
[5] Dahbar, Sergio. (2014). 70 años de entrevistas en Venezuela. Antología. Caracas: Grupo Editorial Cyngular.
[6] Profesor de la UCAB, investigador, autor de Rómulo Betancourt. El Diseño de una República. 1928-1945 (2020) y El Hombre que Enterró a Marx. Rómulo Betancourt: Anatomía de una revolución sin fusiles (1945-1948).
[7] Lauriño, Luis, comunicación personal, 22 de enero 2026.
[8] Ob. Cit.
[9] Término tomado del profesor Luis Lauriño.
[10] Carta de RB a Virginia Betancourt Valverde, fechada el 15 de febrero de 1970, publicada en el libro Mi abuelo Rómulo (2013, pp. 174-175).
[11] Sergio Pérez Betancourt, músico y compositor venezolano, nieto mayor de Rómulo Betancourt.









