Por Milagros Socorro.- Algunos lo notarán mejor que otros. Y habrá quien no llegue a advertirlo. Pero el caso es que este joven aprendiz de pintura tiene un ojo ciego. Ya estaba así cuando decidió que entregaría su vida al arte. Se trata de Héctor Poleo. La semana pasada lo vimos en la fotografía de grupo en la lección de pintura con modelo vestida. En esta ocasión nos detendremos en él.

Héctor Poleo nació en Caracas el 20 de agosto de 1918, hijo de José María Poleo y Luisa Antonia Guadarrama. Ya el Circulo de Bellas Artes se había conformado y extinguido, dejando una impronta que lo alcanzaría. En 1924, cuando tenía seis años, sufrió un accidente donde perdió la visión del ojo izquierdo. Ese mismo año empezó estudios de violín que adelantaría hasta 1931. Un día decidió que la música le interesaba… pero no tanto como las artes plásticas. Y su madre lo apoyó. Es así como en 1930, cuando tenía 12 años, ingresó a la Academia Nacional de Bellas Artes, donde asiste con traje y corbata pero en pantalones cortos, como era la costumbre de la época para los imberbes.

Su hija Alexandra Poleo, residenciada en París, nos cuenta que el talento para la pintura y el dibujo se le habían manifestado desde muy pequeño. Conscientes de eso, sus padres no opusieron mayor objeción al cambio de carrera que hizo cuando era tan joven. Habían comprobado el gusto de su hijo por las clases de anatomía, que ilustraba con estudios minuciosamente detallados. Dice Alexandra Poleo:

— Era una familia muy modesta. Ese traje que le vemos en la foto era su única ropa. Aprendió a llevarla siempre, incluso a sus clases, sin mancharse. Conservaba la elegancia hasta delante de su caballete. El domingo se la quitaba y se quedaba en calzoncillos. Era el día en que mi abuela le lavaba la ropa. Mi abuelo se había arruinado y trabajaba en un ministerio, aunque su pasión era la escultura. Creo que por haber tenido una vocación frustrada fue que apoyó tanto a su hijo en su carrera como pintor.

Héctor Poleo egresó de la Academia en 1937 e inició una fulgurante trayectoria internacional.

El autor de Los tres comisarios

Varios periodos tendría la vida artística de Poleo. Según ha observado Beatriz Sogbe, tras una etapa primigenia, cuando aún buscaba su lenguaje, llegaría a la etapa social, cuando plasmó escenas costumbristas, muy influenciado por los muralistas mexicanos y el trabajo de César Rengifo y Pedro León Castro, con quienes tuvo un taller en México. Aún hoy es célebre la “pintura social” de Poleo. Tal como ha documentado el historiador del arte, Simón Noriega:

“a lo largo de la década de los cuarenta, la llamada pintura social alcanzó en Venezuela su momento culminante, estimulada, quizás, por la atmósfera populista que reinaba en la vida política, particularmente a partir del golpe de estado de octubre de 1945. El papel protagónico de las masas populares parece haber encontrado un correlato auténtico en una pintura inspirada en los principios del muralismo mexicano. A ella abrió las puertas el Museo de Bellas Artes desde inicios de la citada década. A partir de entonces se organizan muestras de Héctor Poleo (1918 -1989), Pedro León Castro (1913), Gabriel Bracho (1915-1991) y César Rengifo (1915-1980), quienes, al mismo tiempo, empezaron a ser distinguidos con premios importantes”

Héctor Poleo, de hecho, recibió el Premio John Boulton en 1943 por la obra que se convirtió en emblema del realismo social: Los Tres Comisarios (1943), hoy en la Galería de Arte Nacional, en Caracas.

Al V Salón Oficial, en 1945, concurrieron, entre otros, Ventura Gómez , Santiago Poletto , Manuel Vicente Gómez, Gabriel Bracho, César Rengifo, Julio César Rovaina y Héctor Poleo. Dice Simón Noriega:

“El catálogo de las obras expuestas en el Salón nos da una idea de las preferencias temáticas. Se aludían casi siempre las faenas del campo y las festividades religiosas. Eran los valores de la Venezuela agraria, que ahora se consumían en las llamas de los mechurrios petroleros. Aunque el realismo social hubo de extinguirse muy rápidamente, debido acaso a su componente folclórico en una época de intenso calor popular, despertó interés en la gran mayoría de los pintores de las generaciones más jóvenes. No obstante, muchos de ellos optaron luego por senderos muy lejanos de toda pintura de connotación social”

Social, cómo no, pero muy costoso

Beatriz Sogbe conoció a Héctor Poleo desde muy temprano, porque el artista era amigo y paciente de su padre, quien era oftalmólogo. Eran contemporáneos y, como el doctor Sogbe se instaló con su familia en Nueva York, para fines de los años 50 e inicios de los 60, coincidían en el Consulado de Venezuela en La Gran Manzana:

“Mi padre siempre le veía los ojos. Poleo temía perder el otro ojo, porque vivía de su oficio. Era una persona de muy pocas palabras. Siempre quería pasar desapercibido. Como crítico me he concentrado en detectar falsificaciones. Por ello analizo mucho las firmas de los artistas. Si ves un cuadro de Poleo, notarás que su firma es casi imperceptible. Como que no quisiera que se viera en la obra. Así era él. En un vernissage o una reunión de artistas lo veías siempre calladito en un rincón. Miraba a todos y se veía que no perdía un detalle. Y siempre con unos anteojos oscurísimos”

Todo lo contrario era su esposa, Adela Rico. Siempre apegados al relato de Beatriz Sogbe, quien nos dice que Adela Rico era una mujer muy bella y glamorosa:

“Siempre andaba con pieles y joyas. Ella era su marchand. La que manejaba su obra. Les daba clases a los artistas de cómo debían tratar a los galeristas. Y les decía: ‘Si andas como un pordiosero, te tratarán como tal’. Y, la verdad, le funcionó”

Continúa Sogbe:

“Poleo era muy ordenado. Con mucha meticulosidad anotaba todas las obras que hacía, a quién se las vendía y en cuánto se las vendía. Por ello casi no hay obras falsas de Poleo. Él mismo hizo su propia catalogación. Adela, su esposa, empieza a relacionarse con galeristas y curadores. Como vivió en París, México, Nueva York y Caracas, conocía a casi todo el mundo importante del arte. De manera que, mientras Poleo producía su obra y la catalogaba de manera tal que fueran virtualmente imposibles las falsificaciones, su esposa Adelita la vendía exclusivamente a millonarios. Por eso la obra de Poleo siempre fue muy costosa. Una exposición de Poleo, como de Cabré, López Méndez o Pedro Ángel González, estaba vendida en su totalidad en la apertura. Eso nunca se había visto en Venezuela. Las obras de Poleo sólo las tenían, igual que el caso de Arturo Michelena, las familias más encumbradas. Y era de mucho más prestigioso socialmente tener un Poleo o un Michelena que un Reverón”

Tras una estadía en Nueva York y París, Poleo se orientó a surrealismo. Y una vez instalado en la capital francesa, en 1948, tendrá su etapa geométrica y paralelamente la de los rostros femeninos. “Poleo nunca tuvo miedo de experimentar, de cambiar”, explica Beatriz Sogbe. “Siempre estuvo en permanentes búsquedas. Y su huella fue tan grande que creó una enorme cantidad de artistas venezolanos que se basarían en su propuesta”, como Trompiz, Villaparedes, Barrios y muchos otros.

Tras la caída dela dictadura de Marcos Pérez Jiménez, Héctor Poleo regresó a Venezuela. En 1969 recibió el Gran Premio Internacional de Arte Contemporáneo del Principado de Mónaco, un reconocimiento que se adelantó al Premio Nacional de Artes Plásticas que le fue otorgado en 1986.

En la actualidad lo tenemos siempre presente por su vitral del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía y el mural de la estación La Paz del Metro de Caracas.

Héctor Poleo falleció en Caracas, el 25 de junio de 1989. Tenía 71 años y esa misma mirada que es la mitad de una mirada, pero siempre de muchachito.