Museo de Bellas Artes desde jardines del Museo de Ciencias, Caracas, ca. 1939 / Foto de Heltmut Neumann ©ArchivoFotografíaUrbana

Retratos, hitos y bastidores: Alta cultura y Bellas Artes

Fecha de publicación: diciembre 20, 2019

«Se ha hecho bastante por la educación del pueblo, pero nos falta todavía un claro y preciso
plan de alta cultura…”
Mariano Picón Salas, “Caracas en cuatro tiempos” (1945)

1. De cara a capitalizar una ingente renta petrolera que era un arma de doble filo, la educación y la cultura del trabajo, tanto de los sectores dirigentes como populares, fueron urgidas por intelectuales vinculados a la política durante los gobiernos de Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita. Desde su tribuna municipal, Andrés Eloy Blanco señaló, en “Prepararse es preparar” (1938), que para deslastrarse del inveterado estamento dirigente heredado del régimen de Gómez, había llegado «para Venezuela el momento de la preparación». Aunque parezca una perogrullada, apuntaba con ello el concejal a la capacitación que permite la movilidad en una sociedad moderna, que no lo era la Venezuela que despertaba de la dictadura. En este sentido, teniendo en mente al siniestro funcionariado de provincia inmortalizado en Doña Bárbara (1929), Augusto Mijares reconoció que 1936 había representado la desaparición del pernaletismo «del primer plano de nuestra política». Debía permanecerse, sin embargo, atento a las condiciones de desigualdad social y educacional que permitían la persistencia de aquella endemia en niveles y contextos pobres del país, advirtió el autor en “El libro de Mujiquita” (1955).

Acaso para suprimir esa herencia nefasta, cuando fuera ministro de Educación entre 1939 y 1941, Arturo Uslar Pietri hizo de la distinción entre educación urbana y rural una de las innovaciones de su gestión; trató entonces de orientar en cada caso la capacitación para optimizar el recurso humano según el contexto, tal como recordó a Alfredo Peña en Conversaciones con Uslar Pietri (1978). No sin olvidar su corta experiencia en la misma cartera en 1936, también Rómulo Gallegos, al competir por la Presidencia de la República en 1941, reconoció que «gobernar es educar», lo que era consigna todavía próxima al lopecismo. Sin embargo, en 1947 ofreció acentuar el papel fundamental del Estado para la profesionalización y la «incorporación de las masas populares adultas a la vida cultural de la nación», según reza en los discursos recogidos por Pedro Díaz Seijas en la Antología (1966) de Gallegos.

Para optimizar las posibilidades culturales en la naciente democracia, Ramón Díaz Sánchez había barruntado como gran oportunidad emergente en aquellos años de Transición (1939) en Venezuela, que en la “nueva interpretación de lo social y del arte del gobierno”, tocaría jugar “un papel preponderante a la Cultura considerada como expresión didáctica y como expresión artística”. A tal fin, por el lado del estadista, tomando distancia de la manipulación que de este arte hacía para entonces Benito Mussolini, Díaz Sánchez abogaba por profundizar “el sentimiento artístico de la política”; al mismo tiempo, relevaba ante la intelectualidad venezolana el “amplio campo de acción eficiente” que se le ofrecía, “dado el estado de receptividad” en que se hallaban “las masas” emergentes. Y apoyábase para todo ello don Ramón en los “postulados sociales” que, sobre la “libertad de expresión” a la prensa y los medios, preconizaban por aquellos años pensadores como Aldous Huxley.

2. También Mariano Picón Salas se preocupó por la formación cultural de la masa popular en aquellos años de transición democrática. Viendo hacia los olvidados sectores de provincia, y adoptando el recién bautizado personaje de Andrés Eloy Blanco y Mariano Medina Febres, el autor de Suma de Venezuela señaló a 1936 como la hora de incorporación de los Juan Bimbas «sin historia» a la vida nacional. Advirtió asimismo, en “Proceso del pensamiento venezolano” (1937), que el verdadero camino de esa incorporación era la educación masificada.

Pero la formación integral de los cuadros medios y la dirigencia política y profesional necesarios para la modernización del país, maximizando los beneficios de la nueva riqueza petrolera, pareció ser inquietud más central para el fundador del Movimiento de Organización Revolucionaria Venezolana (ORVE). Tras incorporarse a la administración de López Contreras en 1936 como superintendente del Ministerio de Educación, Picón Salas manifestó preocupaciones por la asimilación de esa riqueza, en aquella «hora muy despierta de la conciencia venezolana», en la que participaban representantes «de las más varias filosofías y trincheras políticas», tales como Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Uslar Pietri, Augusto Mijares y Alberto Adriani.

Como superintendente se dirigió al ministro de Educación para proponer la creación del Instituto Pedagógico Nacional (IPN). “Con el objeto de preparar un profesorado especializado en letras y ciencias para la Educación Secundaria de la República, y al mismo tiempo para contribuir al desenvolvimiento de la alta cultura en Venezuela y a la formación de expertos en distintas ramas científicas y técnicas”, rezaban los objetivos asignados por Picón a la nueva institución. Tal como hizo notar José Manuel Siso Martínez en Mariano Picón Salas: ensayo inacabado (1970), el IPN se inspiraba en la Escuela Normal Superior de Francia, la Escuela Nacional Preparatoria en México, así como el Instituto Pedagógico y el Instituto Superior de Humanidades en Chile, donde don Mariano estudiara y enseñara entre 1923 y 1936.

Museo de Bellas Artes, Caracas, 1938 / Foto de Heltmut Neumann ©ArchivoFotografíaUrbana

3. Tras viajar por Europa y nuevamente por Chile; habiendo sido director de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación, desde donde fundara la Revista Nacional de Cultura en 1938; Picón Salas afirmó en 1941, inspirándose en las ideas del geógrafo francés Vidal de la Blache, que la energía nacional era, «ante todo, energía humana». Sostuvo asimismo, en “Auditorio de juventud” (1942), que los que cantaban «tan hinchadamente la riqueza de nuestra geografía» en esos años de euforia petrolera, debían preocuparse, «con tanta insistencia como la que dedican a las reservas del suelo, por las reservas humanas». Más tarde, desde Bogotá, el entonces director del diario El Tiempo, al viajar como conferencista, reconoció y alertó a la vez sobre los efectos de la «racha petrolera» en el decisivo año de 1945:

«Se ha hecho bastante por la educación del pueblo, pero nos falta todavía un claro y preciso plan de alta cultura. A los veinte años los muchachos quieren ser ricos, miembros de los Clubs más plutocráticos, irresistibles dominadores de la Sociedad, pero carecen de calma para prepararse. Quieren realizar, a veces, la Revolución o el alto Capitalismo sin cumplir las etapas previas que las dos metas antagónicas necesitan».

Así, en medio de los cambios demográficos, sociales y políticos de una renovación democrática modernizadora; mientras el ingreso petrolero parecía permitir a las tecnocráticos gobiernos de López y Medina la consecución de innovaciones administrativas, institucionales y técnicas en varios sectores de la creciente administración pública; el señalamiento de Picón Salas apuntaba a una pieza faltante en la renovación: un plan de alta de cultura.

Conscientes de que tal desiderátum necesitaba trascender la educación elitista, puede decirse que tanto Picón Salas – desde aquella Secretaria de Cultura que pasó a ser Dirección de Cultura y Bellas Artes para 1940 – así como Uslar Pietri desde el Ministerio de Educación Nacional, apuntalaron ese plan junto a otros de los intelectuales referidos. Hitos de la renovación fueron – entre varios identificados por Yolanda Segnini en Historia de la cultura en Venezuela (1995) – la contratación de la misión pedagógica chilena y la propuesta de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación; el incremento de los planteles de formación Normal y la creación de la Revista Educación (1939). En el campo de la literatura destacó la instauración de la Colección Biblioteca Venezolana de Cultura, seguida, en la administración de Medina, por la Biblioteca Popular Venezolana. Esta última incluía tres series cuyos colores acrisolaron viejas y nuevas generaciones de lectores, a saber: la roja, de novelas y cuentos; la azul, de ensayo, historia, biografía, narraciones y leyendas; y la marrón, de antología y selecciones.

4. Con el impulso de esa renovación cultural, en el dominio musical fueron reorganizadas la Orquesta Sinfónica Venezuela y las escuelas preparatoria y superior de Música y Declamación, bajo la batuta del maestro Vicente Emilio Sojo. En el campo artístico, la Academia de Bellas Artes dio lugar a la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas, dirigida por Antonio Edmundo Monsanto; y como otra piedra angular fue inaugurado el Museo de Bellas Artes (MBA) en febrero de 1938. Es necesario recordar, sin embargo, que los antecedentes de este último preceden la renovación democrática. Tal como estableció la curadora Iris Peruga en Museo de Bellas Artes de Caracas cincuentenario. Una historia (1988), sobre la base de las colecciones iniciadas desde las exposiciones guzmancistas, el primer decreto de creación del MBA data de julio 24, 1917, cuando el danés Christian Witzke fue designado director. Tras funcionar por algún tiempo la nueva institución en la antigua Universidad Central, Gómez decretó en 1935 la construcción del edificio propio en el Parque Sucre de Los Caobos.

Museo de Bellas Artes de Caracas, ca. 1960 / Foto de Autor desconocido ©ArchivoFotografíaUrbana

El proyecto fue comisionado a Carlos Raúl Villanueva, quien regresaba de la Escuela de Bellas Artes parisina y transitaba todavía por un lenguaje ecléctico mostrado en la remodelación del hotel Jardín y en la Maestranza de Maracay. Sin embargo, en el MBA y el Museo de Ciencias Naturales esa tradición académica fue puesta de lado, al tiempo que, al decir de William Niño Araque, “claramente se conjuga la visión neoclasicista con la valoración de la atmósfera tropical”. El resultado es apreciable en las imágenes de Helmut Neumann de 1938 y 1939, pertenecientes al Archivo Fotografía Urbana.

Inaugurado el 20 de febrero del 38, mientras el pintor Alfredo López Méndez era director de Cultura del Ministerio de Educación Nacional, el MBA fue presidido por el pintor Carlos Otero, quien inició un ciclo de paisajistas que lo conducirían hasta 1956. A propósito de aquel evento, anotó Peruga:

“A pesar de ser un hecho fundamental en la vida cultural de nuestro país, la inauguración del MBA en febrero de 1938 no pareció tener en ese momento la repercusión que hoy podríamos imaginar. Aunque inserta en la primera página de los periódicos, la noticia no ocupa ese día un lugar tan prominente como los graves acontecimientos de la Guerra Civil Española y la escalada política del partido nacional-socialista en Alemania. La prensa, por otra parte, indica que miles de personas desfilaron por el Museo el día de su inauguración; es probable que haya sido la novedad del acontecimiento lo que atrajo a tan elevado número de visitantes, si se tiene en cuenta que en la Venezuela de entonces, agobiada por los problemas del post-gomecismo, un museo podía aparecer como un adorno inútil o un lujo innecesario, apreciado sólo por un restringido grupo de privilegiados y especialistas…”

Al relevar los acontecimientos de la hora política por sobre la efímera novedad de la inauguración, esa reflexión asoma las limitaciones de las Bellas Artes en aquel despertar democrático. De igual modo, no obstante su ímpetu y magnitud, la alta cultura tardaría en llegar a las masas durante las décadas venideras; para ello sería un hito la creación, en 1960, del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (Inciba), presidido por Picón Salas hasta su fallecimiento en enero de 1965. Es significativo empero que las Bellas Artes, constructo heredado de la tradición académica con raíces decimonónicas, fueron renovadas, ampliadas y divulgadas durante el decenio democrático de López y Medina, convirtiéndose en motor del plan de alta cultura piconiano. Y ello sin olvidar que, allende las manifestaciones artísticas e intelectuales promovidas por el Estado, ese plan buscaba, como hicieron notar los intelectuales referidos, sincronizar los cambios demográficos y económicos con los educacionales y éticos en la Venezuela en trance de modernización.

 

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