El Archivo

Billo cumplió cien años

Fecha de publicación: noviembre 12, 2015

Luis María Frómeta Pereira nació en Santo Domingo el 15 de noviembre de 1915. Hace una semana, pues, se cumplió su centenario. Ya es dueño de un siglo y aún así el olvido no ha podido ni siquiera arañarlo. Ya podemos considerarlo un prócer. Y eso es, por cierto, lo mejor que podríamos hacer por ese hatajo de figuras solemnes que cabecean, aburridísimas, en el Panteón Nacional y otros templos de fanfarria y numismática. Otro panorama se abriría para ellos si se les sumara Billo con ese formidable repertorio que no exige conocimientos musicales, ni siquiera un gran oído melódico para disfrutarlo y bailarlo.

La historia de Billo ha sido contada muchas veces. Es bien sabido que llegó a Venezuela el 31 de diciembre de 1937, cuando tenía 22 años. Había venido contratado para tocar en el Roof Garden, un local de fiestas en el centro de Caracas. Nada más llegar le cambió el nombre a su orquesta, que por presiones de la dictadura de su país se llamaba Ciudad Trujillo Jazz Band, en sustitución de “Santo Domingo Jazz Band”, que era su nombre original, y le puso Billo’s Happy Boys. Y así empezó su andadura venezolana. Aquella suerte sí la tuvimos.

Billo fue director de orquesta, compositor, arreglista y pianista. Era, sobre todo, un trabajador insigne. Pocos músicos en el mundo se habrán pasado tantas horas en el escenario o lidiando con el instrumento para escribir los arreglos. En esa brega infatigable, Billo logró un sonido único. Guiado por su intuición espigó cadencias españolas, mexicanas y caribeñas que impregnó con su acento para hacer un producto nuevo, muy popular y con su propia marca.

Y lo otro es que esas canciones que iba tomando de aquí y de allá, además de volver a arreglarlas de acuerdo con su propio gusto y rítmica, las unió en una sola gran canción: el mosaico, como quien adivina un parentesco secreto.

Billo Frómeta tocando piano, circa 1975.

El mosaico de Billo tenía, creo, una motivación sensual. En tiempos de represión política y sexual, la alternancia de un bolero, una guaracha, un pasodoble y una rumba daba ocasión a las parejas de apretarse por un ratico y, cuando ya la tensión erótica empezaba a hacerse dolorosa, cambiaba el tercio y debían soltarse… con la promesa, eso sí, de que pronto tendrían coartada para juntarse otra vez.

Y todos los ritmos, de cualquier proveniencia, sonaban a Billo, gracias a esos arreglos que los hacen inconfundible.

“El arreglista es el personaje de la música más olvidado. Es el menos reconocido”, dice Bettsimar Díaz. “Pero es el arreglista quien hace que una canción cualquiera se convierta en un éxito. Es, por ejemplo, lo que hizo Hugo Blanco con “Moliendo café”, una canción de poco vuelo a la que le escribió esa portentosa intro, que crea expectativa y emoción. Billo hizo lo mismo, tanto con sus canciones como con las de otros autores”, porque Billo no sólo grabó sus propias piezas, aunque todo lo que tocaba parecía suyo porque le imprimía su propio sello. “Billo era, además, muy simpático. Y su música es como él: un encanto. Por eso todo el mundo la baila, porque era un celebrador de primera y esa música conecta a quien la oye con la celebración, con la alegría. No encontrarás ni un segundo de la obra de Billo que sea triste o tontamente cerebral”, dice Bettsimar.

Y, efectivamente, la extensa obra de Billo lo celebra todo. Desde la navidad hasta el béisbol, pasando por la memoria de los amigos fallecidos, las elecciones y las faenas de trabajo. La música de Billo es una invitación a vivir el momento con júbilo, sin importar de qué desgarramiento provengas y mucho menos adelantar las catástrofes que pueda traer el porvenir. Era, además, la manera más expedita de hacerte venezolano. ¿Sales airoso de un mosaico de Billo? Eres, entonces, venezolano. Quizá por todos estos rasgos tuvo tanto éxito entre los inmigrantes.

Estas fotografías, guardadas en las gavetas de la Fundación Fotografía Urbana, fueron tomadas alrededor de 1975, cuando Billo tenía 60 años. Viviría 13 años más. Murió en Caracas el 5 de mayo de 1988.

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