El Archivo

Visita del cuerpo diplomático en el Palacio de Miraflores. En la imagen, Richard Nixon, Wolfgang Larrábal, presidente de la Junta de Gobierno, y personaje no identificado, Caracas, 1958 : Foto de Autor no identificado ©ArchivoFotografíaUrbana

El día que Nixon fue escupido y zarandeado en Caracas

Fecha de publicación: abril 4, 2015

Richard Nixon era Vicepresidente de los Estados Unidos en mayo de 1958 cuando su jefe, el presidente Eisenhower le asignó una misión diplomática en América del Sur, que no le resultaba en absoluto interesante. En ese momento, Nixon tenía 45 años y una enorme ambición. Había llegado hasta esa posición ganándola en dura lid y tenía por delante el reto supremo de convertirse en presidente del país más poderoso de la tierra. Nada podía ser más apasionante que ese afán y cualquier cosa que lo distrajera de ello tendría que ser un aburrimiento.

Había nacido el 9 de enero de 1913 en Yorba Linda, una aldea de California, en el humilde hogar de un comerciante que tenía una de esas tiendas que el cine tanto ha recreado, un abasto con bomba de gasolina. Allí se pasó muchas horas de su infancia, echando una mano en el mostrador y con la manguera expendedora de combustible, hasta que se marchó para cursar la carrera de Derecho en la célebre Universidad de Duke, en Carolina del Norte. En 1942 ingresó en la Marina y sirvió durante 15 meses en la Segunda Guerra Mundial. Al ser dado de baja tenía el grado de Teniente de Navío. Su carrera política empezó nada más regresar de la guerra, en 1946, cuando fue candidato republicano de su distrito californiano. A los 33 años entró a la Cámara de Representantes. En el 52, Eisenhower le pide que integre con él la fórmula presidencial republicana y cuatro años después fue reelegido, igual que el Presidente.

En mayo del 58, Nixon había acumulado viajes por todo el mundo, incluida América Latina. A Venezuela no había venido, pero el cumplimiento de esta tarea le traería por segunda vez a Suramérica. En su libro “Seis crisis” contaría mucho después que cuando le pusieron esta tarea no le hizo ninguna gracia. Pensó que el viaje sería tedioso, un mero trámite, fatigoso y previsible, sin ningún aliciente, mucho menos si se le contrastaba con las responsabilidades que tenía en el momento en Washington, agitado por ventarrones de campaña. Se equivocaba de plano. El periplo sería apasionante y, aunque no de inmediato, la buena imagen que cosechó le sería muy útil para su proyecto.

No te cases ni te embarques 

El martes de mayo de 1958, a las 11 de la mañana como estaba previsto, el avión de la Fuerza Aérea norteamericana aterrizó en Maiquetía proveniente de Bogotá. Era la octava y última estación de un recorrido de 18 días (del 27 de abril al 15 de mayo) por todos los países de América del Sur, con la excepción de Brasil y Chile.

Una hora antes había arribado un avión donde viajaban los periodistas norteamericanos que cubrían la gira, entre quienes se contaba la estrella de Hollywood Jinx Falkenburg, quien para el momento era conductora de un programa televisivo de entrevistas noticiosas. La bella Jinx, quien hablaba español porque de niña había pasado unos años con su familia en Chile, era sin duda un personaje muy curioso no solo por su notable belleza atlética, reproducida en decenas de avisos publicitarios, sino porque había sido pionera del formato talk-show en radio. La troupe de Prensa era, pues, nutrida y variopinta. Y habían llegado a tiempo para convertirse en testigos de primera línea de los hechos que no tardarían en ponerse en marcha.

Lo primero que ha debido ver, nada más descender de la aeronave con su esposa Pat Nixon, fue una inmensa pancarta, ubicada en el centro del balcón del terminal que da a la pista de aterrizaje, que ponía: “Fuera, Nixon”. Y unos minutos después, mientras se entonaba el himno nacional de Estados Unidos y sonaban los 21 cañonazos de saludo, ya había estallado la rechifla de la multitud, en su mayoría estudiantes, según consignaron los medios de comunicación de la época. Creyendo quizá que un gesto imprevisto sorprendería a los manifestantes y los dejaría sin respuesta (esto le había dado cierto resultado en alguna de las universidades donde había estado antes, en el cono sur) intentó acercarse a la muchedumbre a saludar, pero en vez eso encrespó a la gente, que le tributó una cascada de escupitajos alcanzado incluso a la señora Nixon. También le dieron un tarascón al Vicepresidente cuyo traje sufrió un desgarrón.

Rápidamente los metieron en el Cadillac 63-CD y la caravana salió del aeropuerto rumbo al Panteón Nacional para poner una ofrenda de flores en la tumba de Bolívar. Esto no se cumpliría. Al llegar a la plaza Sucre de Catia otra multitud esperaba a Nixon y ahí la cosa se puso grave. El vehículo fue rodeado por manifestantes violentos que arrancaron e hicieron jirones las banderas de Estados y Venezuela, que adornaban el auto oficial; atacaron las puertas y ventanas con tubos, mientras de todas partes llovían piedras, huevos y tomates. El ataque fue tan intenso que lograron romper los vidrios de seguridad y una esquirla impactó a Nixon en la cara; y otra ola de salivazos arropó a la pareja visitante y a Oscar García Velutini, el canciller de Venezuela que venía con ellos en el carro.

Según lo recordó Nixon en sus memorias: “Me puse prácticamente enfermo al ver la furia en los ojos de los adolescentes, que eran poco mayores que mi hija de doce años”.

Evidentemente, el recorrido por la capital había sido mal organizado. La Seguridad no funcionó, de manera que los 12 agentes del Servicio Secreto que venían en la caravana se abalanzaron sobre el Vicepresidente y sacaron sus armas. Fueron ellos quienes apartaron al gentío que rodeaba el Cadillac. En medio de la confusión, el chofer pudo acelerar y así escapó, evitando una tragedia.

Mientras tanto, el agregado naval auxiliar, que había sido enviado al Panteón con la corona de flores para entregársela a Nixon, fue embestido también. Le arrancaron la guirnalda y los pétalos volaron por los aires. Tal fue la turba en el edificio donde reposan los restos del Libertador que se decidió en el acto la suspensión del evento y que los Nixon irían directamente a su Embajada, en la Florida, este de Caracas

Pero, qué pasaba con la Policía 

No hay que olvidar que la llegada de Nixon a Venezuela se produjo apenas tres meses y medio después de la caída de Pérez Jiménez. Todavía privaban cierto caos en las instituciones. Los organismos de Seguridad, que habían sido abandonados por muchos que tenían un feo historial, estaban en proceso de desmantelamiento para ser sustituidos por cuerpos profesionales, imbuidos de espíritu democrático. En esa misma ruta, la escolta policial venezolana que con tanta timidez hizo frente a una turba que no se esperaba, estaba temerosa de enfrentarse contra los furiosos civiles, no solo para no repetir las prácticas abusivas que por aquellos días eran denunciadas en todos los escenarios, sino porque los mismos funcionarios tenían razones para estar acoquinados ante la gente cuya rabia había sido manifiesta semanas antes cuando la ciudadanía salió a las calles a sellar el derrocamiento del dictador. Se habían registrado furibundas persecuciones a esbirros y soplones, así como saqueos a las casas de los gerifaltes. En su actitud pusilánime, los uniformados solo atinaron a detener a un estudiante que se había acostado en medio de la vía para impedir el avance del carro de Nixon.

No menos importante es el hecho de que tanto la Junta de Gobierno como los Estados Unidos calcularon mal el clima político que prevalecía en Venezuela tras la caída de Pérez Jiménez.

En 2008, cuando se cumplió medio siglo de estos hechos, Simón Alberto Consalvi escribió: “Las relaciones de Estados Unidos bajo la presidencia del general Eisenhower habían sido más que cordiales. Luego de la X Conferencia Interamericana celebrada en Caracas, (en la Ciudad Universitaria), Pérez Jiménez fue condecorado por Estados Unidos con su máxima distinción, y Eisenhower en el pergamino que le otorgaba la condecoración lo calificó como ‘el gobernante ideal para América Latina’”.

–Ese gesto –sigue Consalvi -fue registrado por los venezolanos, en algún lugar secreto de la memoria. De modo que, al caer Pérez Jiménez, existía un ambiente poco propicio para Estados Unidos. El momento era de extrema politización, luego de una década de censura y de rígido control de la opinión pública. Así, la embajada de Estados Unidos cometió el grave error de no advertir a la Casa Blanca de que la visita del vicepresidente ni era oportuna ni conveniente.

“El malestar con Estados Unidos no sólo era asunto de los venezolanos. Algo que agravó la situación fue el hecho de que en las ciudades que precedieron la visita a Caracas, como Lima, las manifestaciones populares habían sido violentas. De modo que a la carga venezolana, se añadían las noticias de lo que venía sucediendo. Estados Unidos en lugar de reconocer que el momento no era indicado, persistió en completar la gira del astuto político”.

–Richard Nixon –concluyó Consalvi- era un gran político y un hombre de coraje. Pero sobretodo, era orgulloso y no cabía en su talante suspender una visita por simple temor. Quizás pensó que afectaría su carrera y su aspiración de llegar a la Casa Blanca como sustituto del general Eisenhower.

Es cierto que la inquina contra Estados Unidos en aquel momento no era exclusividad de Venezuela, pero fue aquí donde las expresiones llegaron a tal violencia que Nixon llegó a temer por su vida. Así lo consignó en su libro “Seis crisis”.

Y no fue el único en tomarse en serio la amenaza. Al enterarse de la agresión, funcionarios de la embajada de EEUU informaron por teléfono el presidente Eisenhower y este ordenó la inmediata movilización de un escuadrón naval de la 4ta flota del Pacífico hacia la costa venezolana para usarlo en caso de que Nixon tuviera problemas para salir del país y debiera ser evacuado en helicóptero hacia un barco. Esto tampoco ocurrió. Al día siguiente, el miércoles 14, personal militar venezolano escoltó a Nixon y a su esposa Pat hasta el aeropuerto y se fue sin inconvenientes.

¡A la Embajada! 

Ante aquel desastre, el grupo se dirigió a la Embajada de los Estados Unidos en Caracas. Robert Amerson, era el agregado de prensa de esa legación en mayo del 58. Estuvo presente en todo, incluso desde la mañana en el aeropuerto. Tres décadas más tarde habló de eso en una entrevista.

–Había un sentimiento nacionalista y contra los Estados Unidos, que no solo había condecorado a Pérez Jiménez dos semana antes de su caída, sino que lo había exiliado en Miami, lo mismo que Pedro Estrada, su odiado jefe de la policía secreta. Todas estas cosas habían tenido un fuerte efecto emocional y había atizado el resentimiento.

“Algunos sintieron preocupación”, dijo Amerson, “ante la posibilidad de que la sede de la Embajada pudiera ser ser atacada, pero eso nunca estuvo plateado. También se cuestionó la conveniencia de que el Vicepresidente diera la conferencia de prensa, como estaba en agenda, pero él mismo se impuso y exigió que no se suspendiera.

Nixon se comportó con gran dignidad. Nunca ha sido más alta en mi estima de lo que fue en aquel momento. Nixon habló con los periodistas con gran serenidad y sensatez. No debió ser fácil, después de ver a su esposa escupida y abucheada. No debió ser fácil, pero tuvo reacción de estadista. Ese día Nixon se ganó mi respeto”.

La prensa venezolana reseñó con muy bien despliegue ese encuentro con los reporteros. Una de los cosas que llamaron la atención fue el aplauso que los periodistas norteamericanos, que no se caracterizan precisamente por hacerle carantoñas al poder, le dieron a Nixon cuando llegó al salón donde lo esperaban para entrevistarlo.

Según recogió la nota de El Nacional, un periodista norteamericano le dijo: ‘Nunca en la historia de los Estados Unidos una alta personalidad había sufrido la indignidad sufrida por usted hoy y queremos saber cuál es su reacción al respecto”.

–No es muy agradable lo ocurrido –respondió Nixon- como tampoco lo es el que hayan escupido a mi señora. No es muy agradable que al recorrer las calles de una ciudad famosa por su hospitalidad, mis acompañantes tuvieran que haber corrido tan grave peligro.

A continuación, Nixon se concentró en el intento de demostrar que las agresiones habían sido promovidas por los comunistas, ya que las consignas eran exactamente las mismas que se habían usado en las manifestaciones de los otros países donde acaba de estar. Y también dedicó unos minutos para denostar de Pérez Jiménez y de Pedro Estrada, de quienes dijo no poder tener “una opinión más baja”. Y agregó que en cuanto Venezuela activara el Tratado de Extradición firmado con su país, ellos estarían “muy felices de entregarlos”.

En sus memorias anotaría su sensación de que para el momento de aquel episodio

“los venezolanos habían carecido de libertad durante tanto tiempo (…) que entonces trataron de expresarse con más energía que la que debieron”.

Pero los comunistas fueron los primeros sorprendidos 

Tal como ha sido establecido los estudiosos norteamericanos que se han ocupado de esa gira de Nixon, este sobreestimó el poder de los comunistas para organizar los disturbios de Venezuela.

La realidad, según muchos testimonios autorizados de los dos países involucrados, es que el gobierno de los Estados Unidos subestimó la fuerza de los sentimientos anti-estadounidenses en América Latina, así como los efectos de sus políticas, tanto económicos como políticos, al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando volcó sus iniciativas hacia la recuperación de la devastada Europa en detrimento de las economías latinoamericanas.

Entrevistado para esta nota, Héctor Rodríguez Bauza, entonces Secretario Juvenil del Partido Comunista de Venezuela asegura que esta organización no estaba detrás de los sucesos. “Había, efectivamente, una manifestación de rechazo a Nixon, convocada por la Federación de Centros Universitarios, la Junta Patriótica y otras organizaciones populares, como los propios comunistas. Pero lo que ocurrió fue una sorpresa muy grata, por cierto, para nosotros, ya que desbordó las más optimistas expectativas y porque nos permitió constatar el grado de radicalización alcanzado por el pueblo caraqueño. Esa manifestación jugó un papel importante en el desarrollo de los futuros acontecimientos: fue un alerta para los sectores reaccionarios, e incluso para los demócratas timoratos, sobre la profundidad alcanzada por la radicalización en Venezuela cuyo odio a la dictadura estaba vinculado al rechazo a los yanquis”.

El día antes de la llegada de Nixon, el lunes 11 de mayo, El Nacional informó a ocho columnas: “Supuesto atentado contra Nixon en Caracas denuncian ante el Servicio Secreto”. Y publicó varias notas al respecto. En una de ellas, Gustavo Machado y Eduardo Gallegos Mancera, dirigentes del PCV, se deslindaban de cualquier intención de hacerle daño a Nixon.

Según escribió el periodista Néstor Morles, Gustavo Machado declaró al periódico que la posición de los comunistas era muy conocida y que “contraria por principios y por disciplina a los atentados personales”. Y puntualizó que la repulsa contra el vicepresidente norteamericano no era “cuestión de los comunistas sino de todo el pueblo venezolano, que tiene miles de motivos de queja contra la política de Estados Unidos”.

–Es una infamia y una ofensa a los estudiantes venezolanos –dijo Gustavo Machado– que se les considere susceptibles de ser sobornados para un atentado. Contra tal ofensa está la tradición estudiantil nuestra y la lealtad con la cual han combatido a la tiranía. De antemano lo repudiamos como estúpido e inútil para la lucha de liberación.

Por su parte, Rómulo Betancourt también se apresuró a llamar a la redacción de El Nacional para dejar clara su posición ante el supuesto complot para matar a Nixon cuando pusiera un pie en Caracas: “Considero que esa versión es increíble y absurda. Venezuela no es un país de cobardes, y disparar tiros o piedras contra un huésped, sería un acto contrario a las tradición y al modo de ser viril de los venezolanos”.

–Al vicepresidente Nixon –siguió Betancourt– pueden y deben planteársele las observaciones y críticas que nos merezca la política exterior de EEUU hacia América latina y específicamente Venezuela. Del diálogo surge el esclarecimiento. Es lo democrático, lo razonable y lo responsable. Pero la agresividad o de hecho, la violencia incivil, no encajan dentro de nuestra idiosincracia de pueblo culto y civilizado. Expreso no solo mi opinión individual sino la de Acción Democrática, al respaldar las declaraciones del presidente Wolfang Larrazábal, pidiendo a los caraqueños que se comporten ante la vista del señor Nixon como colectividad civilizada, adulta, capaz de expresar sus puntos de vista sin desplantes desorbitados, con serena firmeza y sobria dignidad.

Agenda patas pa’rriba 

Al tomarse la decisión de suspender todo lo planeado, se cambió de lugar la rueda de prensa, que había sido convocada en el Círculo Militar, donde debían hospedarse los Nixon. Asimismo, quedaron con los crespos hechos los invitados de esa noche al cocktail buffet que iba a ser ofrecido por el canciller, doctor Oscar García Velutini y señora, en la Casa Amarilla.

La cita con los reporteros fue en la Embajada y ahí mismo tuvieron lugar las reuniones con los miembros de la Junta de Gobierno y con otros sectores. La foto que acompaña esta nota fue tomada por Leo Matiz en la terraza de la hermosa casa que ocupaba la representación diplomática de los Estados Unidos entonces. Acompañan a Nixon, el contralmirante Wolfgang Larrazábal, presidente de la Junta de Gobierno y el secretario, Héctor Santaella. La imagen forma parte de la colección que guarda el Archivo Fotografía Urbana.

Al día siguiente, cuando los Nixon volaban de regreso a Washington, es muy probable el viejo zorro político estuviera pensando ya en aprovechar la batuqueada de

Caracas para presentarse como un héroe y recibir el apoyo de los líderes de ambos partidos. De hecho, después de su viaje argumentó que se hacían necesarios grandes cambios en la política exterior y América Latina debía devenir una prioridad. Y dos años después, aprovechó aquella imagen de coraje frente a los atropellos y se lanzó a la Presidencia (fue derrotado por Kennedy, pero volvió intentarlo con éxito en 1968).

A la misma hora en que Nixon quizá rumiaba todo esto inclinado en la ventanilla del avión militar, los lectores de Últimas Noticias leían el editorial de Miguel Ángel Capriles del que tomamos el siguiente extracto:

“…no debe atribuirse exclusivamente al Comunismo lo que ha ocurrido, si bien no podemos negar que fuesen miembros de los grupos juveniles comunistas muchos de los manifestantes. Como lo hemos expresado editorialmente en mis diarios, hay motivos que han constituido un caldo de cultivo para estos sucesos. Es lo que llamamos los errores de la Política norteamericana en América Latina Una sola medida tomada por el gobierno norteamericano la semana pasada hubiera quizás hecho que el señor Nixon fuese recibido por el pueblo con entusiastas manifestaciones de bienvenida: la expulsión de Pedro Estrada del territorio norteamericana, donde desgraciadamente disfruta de una codiciada visa de inmigrante, muy difícil de obtener para otros solicitantes, y que a él, sinembargo, parece habérsele otorgado con inusitada rapidez. Otra medida positiva, ya en el plano más general latinoamericano, habría sido que Mr. Nixon hubiese eliminado de su itinerario la visita al Paraguay, demostrando así que los jerarcas norteamericanos no visitan a los dictadores. Desafortunadamente, más bien tengo entendido que Mr. Nixon elogió las condiciones de “luchador anti-comunista” del general Stroessner. Esos jóvenes que hoy manifestaron contra Mr. Nixon tienen fresca en la memoria la Condecoración de la orden del Mérito en su más alto grado, otorgada a Pérez Jiménez cuando centenares de ellos estaban en las mazmorras del a Dictadura; y los elogios de Mr. Foster Dulles a su “sana política económica”, que no era sino el saqueo y el desorden administrativos más caudalosos de la Historia venezolana. Los amagos de restricciones petroleras no son tampoco un estímulo en favor de un cálido recibimiento al Vice-presidente.

“Como una vez lo expresé, durante la Dictadura, al entonces Subsecretario de la Embajada norteamericana, señor George Butier, en una recepción en ella, los latinoamericanos no pedimos intervención de los Estados Unidos en nuestros asuntos, sino la actitud del vecino más rico e influyente de un barrio, cuando establece una ostensible diferencia de trato y distinción, entre un vecino correcto y decente y otro que no lo es, sin necesidad de intervenir dentro de su casa en sus problemas familiares. Frecuentemente, esta sola diferencia de tratamiento hace que el vecino malo se mude de barrio”.

Hasta la fecha, nunca se ha maltratado a un visitante extranjero en Venezuela con tal saña y virulencia como la que probó Nixon, quien representaba a un país que había dado guarida al depuesto dictador.

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