Partiendo de la publicación del calendario 2025, Rostros de Venezuela. Un atlas para los niños, coeditado por Producciones Senderos y El Archivo, la historiadora venezolana, Claudia González Gamboa, realiza una serie de textos críticos en torno a las fotografías que sirven de portada para cada mes de la publicación. Compartimos hoy, desde la web de El Archivo, el primer texto de esta serie que, en este caso, parte de la fotografía de la cineasta Margot Benacerraf realizada para su filme «Araya» (1959) y que fue facilitada por la Fundación Audiovisual Margot Benacerraf.
La vigencia de Araya es el amor [1]
– Margot Benacerraf
Margot Benacerraf forma parte de la modernidad en Venezuela. Nacida en Caracas en 1926, se empeñó en estudiar bachillerato –a pesar de los “pleitos” que tenía con la familia que esperaba que la joven cursara solo hasta el 6° grado, como era la costumbre, se formara en asuntos del hogar y luego contrajera matrimonio. Muy por el contrario, la joven Margot, segunda hija del matrimonio Benacerraf Coriat, se gradúa de bachiller en el Liceo Andrés Bello, en el año 1945. Su orientación por las humanidades la conduce a inscribirse en el Pedagógico y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela, recientemente fundada por Mariano Picón Salas en 1946. En esos años conoce y frecuenta a un grupo de intelectuales republicanos españoles que habían llegado al país, entre quienes se contaban Juan David García Bacca, José Bergamín y Eugenio Imaz.
Escribe una obra de teatro, «Creciente» (1947) y ésta es enviada al Concurso Hispanoamericano de Teatro de la Universidad de Columbia, donde gana el primer premio que consistía en el montaje de la obra y una beca para estudiar teatro en Nueva York. Los cambios que se producen en el país, a raíz del derrocamiento de Rómulo Gallegos, impiden el montaje y puesta en escena de la obra, pero puede viajar a Estados Unidos a estudiar en la New School of Social Research. Allí conoce de teatro y cine, y profundiza su orientación hacia la dirección cinematográfica. En 1967, Margot afirmaba: “me dejé seducir por el cine y desde entonces es mi pasión.”[2]
La vida de Margot bien merece los libros que sobre ella se han escrito y los que se escriban en el futuro; las películas que se filmen. Su huella en la cultura venezolana del siglo XX se encuentra en sus películas «Reverón» (1952) y «Araya» (1959); sus guiones para cine, aunque no vieran la luz, «Casas Muertas» de Miguel Otero Silva y «La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada» de Gabriel García Márquez; asimismo, en la creación del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA), tarea que asume en 1965, al ser convocada por Miguel Otero Silva y Mariano Picón Salas y que significó su regreso al país; en la fundación de la Cinemateca Nacional en 1966, en la creación y donación de su videoteca a la Universidad Central de Venezuela.
Su trayectoria en pos de la enseñanza, realización, divulgación, conservación del cine en Venezuela fue permanente hasta el día de su fallecimiento en el año 2024. Como decía la propia Margot, “siempre hubo en mis proyectos un doble concepto: por un lado el amor al cine, la pasión por el cine; la Cinemateca, por ejemplo, era hacer querer el cine, entonces no solamente hacía cine, sino que quería que la gente viera y amara el cine.”[3] Lo logró.
El mes de marzo de nuestro calendario 2025, Rostros de Venezuela Un atlas para los niños está dedicado a la figura de los antepasados. Y esta fotografía tomada por Margot Benacerraf que captura la figura de la abuela caminando por la orilla de la playa con la niña que recoge caracoles, escena emblemática del filme Araya, además de poética, es absolutamente representativa del significado del linaje. Al decir de Margot, “… el nudo de la película es cuando la niña recoge los caracoles, tú no sabes para qué, hasta que desemboca con la abuela en el cementerio.”[4]
Araya, película presentada y celebrada con premios en Cannes en 1959, relata las historias cotidianas de tres familias oriundas de la península de sol y de sal: los Pereda, salineros nocturnos; los Salazar, salineros diurnos y los Ortiz, pescadores.
En Araya, Margot filmaba, dirigía, tomaba fotografías en aquellos días que “parecían infinitos”, como el tiempo mismo que había transcurrido en la península, repitiendo y recreando idénticos rituales de pesca, cerámica y sal. Rituales que cambiaron hasta desaparecer con el mundo conocido en Araya con la llegada de las máquinas y el arribo de la modernización:
“Recuerda que la película está filmada a caballo, entre un mundo que desaparece y uno que va a aparecer cuando empiezan las máquinas a transformar el paisaje, la vida de la gente, todo ¿qué pasa? Que cuando filmas a caballo no puedes prever lo que va a pasar; entonces yo termino con una angustia diciendo: ¿y qué pasará? ¿Florecerán flores en Araya? ¿Los muertos tendrán otra vez sus flores? Porque me llené de dudas cuando vi como entraron las máquinas e irrumpieron en esa vida estática durante quinientos años.”[5]
Toda la narrativa de esta fotografía, su poesía y su drama, se despliega en la vinculación de la niña con su abuela y es un canto a la “indescriptible multitud de hilos finísimos, arcanos, [que] nos unen a innombrables antepasados y no lo sabemos”[6], como escribiera el investigador Ariel Jiménez en su libro Cercana lejanía.
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[1] Entrevista realizada por Álvaro Pérez Betancourt y Claudia González a Margot Benacerraf en Caracas, febrero de 2016.
[2] Lucía Grioni. “Cuadernos Cineastas Venezolanos”, Nº 9. Fundación Cinemateca Nacional, 2009, p. 10
[3] Entrevistas realizadas por Álvaro Pérez Betancourt y Claudia González a Margot Benacerraf en Caracas, febrero-marzo de 2016.
[4] Entrevista citada.
[5] Entrevista citada.
[6] Jiménez, Ariel. (2021). Cercana lejanía. Archivo Fotografía Urbana