“La iniciación, como la muerte, como el éxtasis místico, como el conocimiento absoluto, como, en el judeocristianismo, la fe, equivalen a un tránsito de un modo de ser a otro y operan una verdadera mutación ontológica”.
Mircea Eliade. Lo sagrado y lo profano (1957)
En el año1976 llegó a Venezuela un fotógrafo excepcional que venía de trabajar en América Latina, concretamente en Chile, donde ejerció la docencia en Fotografía en la Universidad Católica, al tiempo que hacía reportajes gráficos para la prensa chilena y la Agencia Camera Press de Londres. Christian Belpaire (República del Zaire[1], 1949 – EE.UU., 2003), documentalista experimentado, quien además, estuvo en el taller Jean-Pierre Sudre, “dedicado a la fotografía artística y a las técnicas de laboratorio tanto a color como en blanco y negro, a la vez que realiza trabajos a nivel profesional en París, Bruselas y Londres”[2]; hizo una inmenso y valioso registro de fotos de autor y fotografía documental durante los años en los cuales vivió en nuestro país.
El Instituto de Diseño Neumann le abrió las puertas para que ejerciera la docencia nuevamente y en su andadura por nuestra geografía, contó con la colaboración y alianza de la Biblioteca Nacional, bajo la presidencia de Virginia Betancourt, quien le encargó la realización de un reportaje sobre la negritud en Venezuela, del cual resultó un monumental libro.
Sus fotolibros El Llano (Oscar Todtmann Editores y Fundación Polar, 1986); Dejaste atrás lo lejano (Fundación Neumann, 1985); Negro, soy negro (Biblioteca Nacional, 1984) dan cuenta de aquello que afirmara John Berger en Modos de ver:“cuando vemos un paisaje, nos situamos en él. Si viéramos el arte del pasado nos situaríamos en la historia”.
Belpaire nos sitúa en un paisaje que ha hecho suyo, aunque también lo entrega al espectador, quien no puede resistirse y termina internándose en cada fotografía para contarse una historia imaginando lo que hay detrás de cada escena.
Dedicamos el mes de julio de nuestro calendario 2025, Rostros de Venezuela, un atlas para los niños, a las primeras comuniones en Venezuela, entendidas éstas como acto de iniciación, en este caso, católico, tal como reseñamos en el epígrafe que abre nuestro artículo.
Casi todas las familias venezolanas tienen en su álbum, aunque sea una fotografía de un comulgante; una niña o un niño que, vestido para la ocasión, guarda toda la pompa que la circunstancia exige.
Nuestra foto portada muestra un universo pleno de significados en todas las direcciones; la imagen es de Christian Belpaire y pertenece a la serie Comunidades Afrovenezolanas y Diablos que guarda el Archivo Audiovisual de la Biblioteca Nacional.
La niña, en el centro de la foto, está escoltada por sus angelitas más pequeñas que encarnan la pureza en el recorrido de la vida que empieza la comulgante, siempre acompañada de su fe. Ella acaba de salir de la iglesia. Ve directamente a la cámara; su mirada es solemne, no hay sonrisa que la acompañe. ¿Será una suerte de expresión de la conciencia del momento sagrado que acaba de vivir? Su corona de flores la engalana y encuadra su rostro; a las angelitas les adornaron sus cabellos ensortijados y negritos con lazos y cintillos; la tela de sus vestidos brilla tanto como ellas (¿sería satén?); sus alas también brillan. Sus ojos no se apartan de la cámara, la ven de frente y también guardan para sí y quizás para más tarde, sus sonrisas. Una sola de las angelitas está distraída mirando algo que pasa fuera de este cuadro, dividido por escenas.
Una vez producida la eucaristía, la niña grande queda separada del resto del mundo con un estandarte asido a dos varas de madera que da la impresión de fungir como escudo protector contra todo mal y seguro así era.
En el plano de atrás, traspasando el foco principal, dos compañeras de comunión visten sus trajes blancos largos y sus velos; una de ellas mira abajo, posiblemente en señal de recogimiento; la otra, ve tímidamente la escena que se está fotografiando frente a ella; ninguna sonríe… Asomadas en la otra ventana, quizás comprando algo, está el otro lado de la paradoja humana. Una jovencita está vestida, posiblemente con colores vivos —según imaginamos porque la fotografía de Belpaire es en blanco y negro— y a su lado, dos adolescentes con sus pantalones cortos, desafían todo el aire de solemnidad que hay muy cerca de ellas.
Como en la vida, lo sagrado y lo profano conviven, se mezclan y se exaltan en esa mixtura que permite su existencia.
Belpaire fue un maestro capturando rituales: en Venezuela lo hizo en el llano y el Amazonas, así como en las comunidades afrovenezolanas. Ritos, rostros, bailes, costumbres, faenas, afortunadamente quedaron eternizados en sus fotografías.
[1] Hoy República Democrática del Congo.
[2] Diccionario biográfico de las artes visuales en Venezuela (2005). Fundación Galería de Arte Nacional, Caracas, Venezuela, p. 154
