Cuando un niño juega, vuela… vuela su imaginación, de su cuerpo crecen alas que se despliegan hacia el futuro; un tiempo de diversión que transcurre entre pelotas, muñecos, títeres, carreras, mascotas, recreos, piscinas, mar abierto, el cuidado de los padres, el legado de los abuelos. Estamos en el siglo XX y el béisbol en Venezuela encarna pasión y tradición: los partidos se trasladan del campo y las gradas a la vida. La rivalidad entre equipos forma parte de un ritual familiar: Navegantes del Magallanes, Tiburones de La Guaira, Leones del Caracas, Cardenales de Lara, Águilas del Zulia, Bravos de Margarita, Caribes de Anzoátegui, Tigres de Aragua… todos son “el mejor equipo”, todos tienen a los “mejores jugadores”. Si han ganado series y campeonatos se vale como certificado de autenticidad y si no lo han hecho, la promesa de que pronto lo conseguirán, alimenta a la fanaticada.
Si de niños se trata, desde los años 60, Los Criollitos de Venezuela han sido escuela y semillero de las fantasías de los niños por ser peloteros y llegar a las Grandes Ligas. Y es que Venezuela es tierra de grandes jugadores que luego son, o pueden ser, fichados por equipos extranjeros; en la memoria y los sueños de los niños del siglo XX están Luis Aparicio, David Concepción, “El Gato” Galarraga, Pompeyo Davalillo, Alfonso Carrasquel… nombres que se replican en otros, más jóvenes que también fueron promesas y ahora en el siglo XXI son ejemplo.
Pero antes de eso, el beisbol ya era nuestro; tal como afirman los autores del libro Campos de gloria:[2]
“Desde que el venezolano conoció el beisbol se enamoró de él. En poco tiempo, el juego de los bates, guantes y pelotas fue despertando una gran pasión en el país…”
Los autores de la obra arriba citada siguen el recorrido que hizo el deporte hasta llegar a Venezuela. Sale de Estados Unidos vía Cuba, luego a Panamá, República Dominicana, Nicaragua, México y Venezuela. Figueroa Ruiz y González ubican en mayo de 1895 la fecha en que Venezuela entró en el circuito de quienes empezaban a jugar el deporte que más tarde fue considerado “nacional”.
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Tito Caula (Argentina, 1926 – Venezuela, 1978), el fotógrafo que hizo de la fotografía publicitaria un emblema artístico, que habitó el reportaje gráfico, el retrato, la crónica y construyó una narrativa del país a través de su cámara, es el autor de la imagen de portada del mes de noviembre de nuestro Atlas para los niños.
Caula capturó al niño en el salto, la atrapada, la gloria. Porque ganar una pelota lo es todo, en ello el aplauso del equipo, la alegría de los padres y entrenadores y, detrás, junto a la diversión, la disciplina y el civismo que acompaña la práctica de un deporte porque a la elección inicial, al gusto primario, le siguen horas de entrenamiento, de práctica, años de dedicación y de estudio.
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En esta foto-portada celebramos el deporte como uno de los elementos que permite el desarrollo integral del niño porque favorece la salud física, emocional, social, pero hay un nombre particular que sobresalió en el siglo XX en otro deporte, la natación, y a su memoria, dedicamos el mes de noviembre, nos referimos al gran Rafael Vidal (Venezuela, 1964-2005), nadador, comentarista deportivo, y medallista de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984 (medalla de bronce en los 200 metros estilo mariposa).
A todos los niños que juegan y compiten, que se esfuerzan por iniciarse en un deporte, a todos aquellos que lo hicieron y se convirtieron en referentes para los venezolanos, va nuestro aplauso, y apuesta por las carreras del presente y del futuro.
El tiempo, aunque así lo parezca, no es lineal y en ese transcurrir, muchos nombres han pasado y siguen pasando; unos, importantes para el país como promesas, ganadores; otros, como el triunfo de una familia por mantener a sus hijos transitando por el sendero de la salud total. Que sigan “cayendo récords[3]”, construyéndose futuros individuales y colectivos.
[1] Rojas Guardia, Armando (2018). El esplendor y la espera [Obra poética 1979-2017]. “Miro jugar al mundo”. Ecuador: GAD Municipal del Cantón Cuenca.
[2] Figueroa Ruiz, Carlos; González, Javier (2022). Campos de gloria. El béisbol en Venezuela, 127 años de historia 1895-2022. Caracas: Banesco.
[3] La frase se refiere al texto del mes de noviembre del calendario 2025 Rostros de Venezuela, Un atlas para los niños, extraído del libro Gente que hace escuela, compilado por Antonio López Ortega (Banesco, 2014).
