«La fotografía estenopeica ofrece dilación, necesidad «mirante» y rigor técnico para asegurar la aparición de los gestos sobrevivientes del tiempo, de la luz disponible, de la imposibilidad.»
Laura Morales Balza
«El tiempo es la forma en que la naturaleza evita que todo suceda a la vez», decía un grafiti registrado en el libro El método del artista. Montando al dragón (1999)[1] y teniendo en el escritorio la fotografía de Mariana Mendoza (Caracas, Venezuela, 1967) que presenta el mes de noviembre del calendario 2026 de El Archivo, titulado Cámara en mano. Fotografía de calle. Antología de maestros en Venezuela, sonreímos en complicidad con esa afirmación.
¿Qué está pasando en esa imagen?, ¿cuántos mundos se sobreponen entre luces, ventanas, brumas y cables que más bien parecen las varillas de una escultura cinética, elevadas al cielo o pendientes de él?
Es una fotografía estenopeica tomada en Antímano. Qué distinta esta vista de la descrita por Enrique Bernardo Núñez en sus crónicas de la ciudad. En aquel momento, dice el cronista:
«El pueblo o estancia de Antímano, en el camino de Caracas a Los Valles de Aragua, abundaba en árboles frutales, particularmente duraznos, como toda la zona de Macarao, San Pedro, Los Teques y El Jarillo. En cambio, La Vega producía buenos dátiles.»
Esta fotografía refleja los profundos cambios producidos por los movimientos económicos y sociales de un siglo XX que reprodujo viviendas, unas pegadas de otras, en zonas altamente pobladas; una trama de edificaciones y cableados intrincados, dignos de los más eficientes ingenieros eléctricos; al mismo tiempo, esta imagen se despliega en toda la poesía que cabe en la gama de grises que le es inherente. La difusión de los contornos que desvanece la imagen directa se nos asemeja a la obra de los impresionistas porque ambos rompen con la condición de la realidad concreta que golpea los ojos con su inevitabilidad. Aquí, sabemos lo que estamos viendo, y al mismo tiempo, hay otras vistas paralelas que posiblemente se van revelando a medida que volvemos a la imagen.
Mariana Mendoza es médico, fotógrafa y docente. Comenzó estudiando fotografía en Roberto Mata Taller de Fotografía en el año 2010; siguió su formación en el International Center of Photography (ICP) en Nueva York (2016–2021), en La Organización Nelson Garrido (2017–2020), el Centro de Investigaciones y Estudios Fotográficos (2018), La Máquina Escuela de Fotografía (2021–2022), en Venezuela, entre otros.
Se ha interesado, según sus propias palabras, en «narrativas de investigación sobre experiencias colectivas a través de la exploración del paisaje, la figura humana, los pueblos y sus habitantes». Ha sido reconocida con varios premios, entre ellos: recibió la Director’s Fellowship del programa Curatorial Practices in Photography del ICP; la mención de honor por su obra Las Minas, de la serie Páramo, en el Concurso de Arte Contemporáneo Creadoras (2025); finalista de Photolucida Critical Mass en sus ediciones 2025 y 2022; la mención de honor por la obra Caracas: verdad y ficción, del proyecto colaborativo de Duplaonce, en el Concurso de Arte Contemporáneo Creadoras (2023); el primer lugar en el Premio La Mujer en la que me Convertiré (2022), y el primer y segundo lugar en la categoría Serie del Premio Nacional de Fotografía de la Unión Europea (2017 y 2016).
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La fotografía de la portada del mes de noviembre forma parte de Duplaonce, un proyecto colaborativo de fotografía estenopeica cofundado por Mariana Mendoza y Laura Morales Balza, fotógrafa, diseñadora editorial, poeta y docente. Comenzaron, “tímidamente” a recorrer Caracas en el año 2018, y como escribe Morale Balza, iniciaron su andadura en el parque Los Caobos, «rodeadas de milicianos, niños, mascotas, músicos, fuentes, lejos de nuestras calles cotidianas, hasta ese momento limitadas y estrechas. Éramos hasta ese día, unas ciudadanas funcionales que se movían de un lugar a otro en función de las tareas.»
Duplaonce ha hecho propia la ciudad; sus calles han sido internalizadas por ellas y en ellas, sus paisajes geográficos y humanos son tomados cuidadosamente con sus cámaras estenopeicas. Laura Morales explica que:
«La cámara estenopeica (sin óptica) recrea, mediante una limitación visual, la idea de invidencia. Necesitábamos esa ceguera para aproximarnos, necesitábamos restaurar con belleza o con ternura lo que afuera estuviese dolido u olvidado. El uso de la cámara estenopeica exige un viaje inverso. De manera forzada, el dispositivo devuelve la posibilidad contemplativa, en la emulsión sensible la realidad abandona su apresurada temporalidad para aferrarse al negativo como soporte nuevo soporte físico y material, al tiempo de dialogar con la plástica posible en lo pictórico para hacer posible la memoria, la veracidad de la imagen o el silenciamiento. La fotografía estenopeica ofrece dilación, necesidad «mirante» y rigor técnico para asegurar la aparición de los gestos sobrevivientes del tiempo, de la luz disponible, de la imposibilidad.»
Estamos, entonces, frente a una imagen que requiere de un tiempo precioso para ser tomada. El tiempo aparece como un sujeto, es el otro protagonista de la imagen.
Se suele pensar en la fotografía como el producto del instante inmediato entre la mirada del fotógrafo y el clic que la tomará; pero en este caso, hay mucho de mirada, sí, pero también de medición del tiempo, de cronometrar el disparo, de anotación y visto el tiempo que toma el disparo, el objetivo (lo que se quiere registrar), pudiera aparecer o desaparecer, como si se tratara de un acto de magia. En esos segundos es mucho lo que puede pasar.
La buena fortuna está de parte de los caraqueños: en la Sala TAC, del Trasnocho Cultural, está la muestra Duplaonce: Una larga exposición. Caracas estenopeica, curada por Sagrario Berti y Aixa Sánchez. Las imágenes del casco histórico de Petare, la Casa Amarilla, Plaza Caracas, la Quinta Anauco, San Bernardino, El Cementerio, la avenida Los Ilustres, La Pastora, La Candelaria, Los Próceres, El Calvario y Antímano, nuestra foto de portada, nos regalan estímulo y fundamento, visiones y contenciones de la ciudad que nos convoca como observadores, y que también nos devuelve su presencia permanente en cada esquina invitante.
[1] Libro de Mark Bryan, Julia Cameron y Catherine Allen.
