Leo Matiz (1917-1998) era un mago de la luz y un maestro de la oportunidad. La fotografía del mes de abril del calendario 2026 Cámara en mano. Fotografía de calle. Antología de maestros en Venezuela editado por El Archivo, es una muestra de tal maestría.
El novelista y poeta colombiano Álvaro Mutis en su texto “La lección de Leo Matiz”, revela una verdad preciosa:
«Leo Matiz en sus fotos no quiere decir más ni menos de lo que su cámara ha registrado.
Hay en ellas esa honestidad básica, ese rechazo a toda retórica efectista, a todo barroquismo de simular, que las hace tan evidentemente valiosas y perdurables. Leo Matiz sabe muy bien lo que quiere que la cámara vea; es lo mismo que él ha visto y nada más. Un instante del hombre y del mundo que ha de permanecer allí como testimonio de un cierto orden, de una cierta sensibilidad y de una vocación que durante toda una vida se ha entregado a la ardua tarea de hallar la verdad, no de inventarla».[1]
Este viajero de múltiples intereses, empezando por la caricatura y siguiendo por la acuarela, el cine y la fotografía, hizo un amplio registro de Venezuela que abarcó desde 1950 hasta 1990. Sus idas y venidas por la ciudad de Caracas y por los estados del país, le permitieron capturar el desarrollo desde los inicios de la modernidad, pero también la Venezuela rural, lejana —salvo algunas excepciones— al desarrollo tecnológico.
Siendo Matiz un viajero acompañado por su sempiterna cámara tuvo la oportunidad de “ver” lo que muchos no, ya porque la fuerza de la costumbre invisibiliza los paisajes y las escenas, o porque se necesita un ojo entrenado para capturar belleza en la soledad, en los descampados, en las escenas cotidianas del campo: cortar, labrar, ordeñar, arriar; en las imágenes surgidas de los campos petroleros con pozos y perforaciones, obreros, capataces, taladros, refinerías…
Escribe Alejandra Matiz, hija del fotógrafo, en la presentación del libro El México de Leo Matiz (2008):
«La sed de viajar y conocer lo convirtió en un fotógrafo incansable, que saltaba del desierto mexicano a la inhóspita selva brasileña, cazando imágenes para las portadas de las revistas Readers Digest, Look, Norte, Harper Magazine, Life y Así».[2]
La fotografía del mes de abril es de una iglesia rural. Los arcos sostenidos por las columnas dejan ver el camino de adoquines que desemboca frente a la capilla en un patio empedrado. En el templo resalta la entrada, igualmente empedrada a los lados, sus columnas principales que tienen continuidad en un muro bajo que bordea el conjunto. La puerta tiene un barandal de madera. Asoma un pequeño campanario y el techo a dos aguas muestra las tejas oscurecidas por los años. Una escoba solitaria da cuenta de que alguien anda por allí, aunque no se ve. La magia del fotógrafo, la apropiación de las luces y sombras de la imagen capturada que la convierten en una fantasía visual cuando se proyecta la forma de la ventana sobre el muro, y las nubes muestran su densidad arriba del árbol más cercano que refresca el ambiente.
El cielo nublado deja ver el entorno arbolado. ¿Son frutales? Pareciera que sí. Los cercados se ven ordenados y hay una colina que sirve de marco a la iglesia, a los árboles, a la imagen completa.
El registro no contiene el año de su toma ni el lugar preciso. Lo interesante de esta escena es su atemporalidad. ¿Cuántos paisajes de la América colonial permanecieron intocados, con esa suerte de invariabilidad que encanta y asombra, durante buena parte del siglo XX? Y, por supuesto, que la curiosidad y el deseo de saber nos asalta con sus preguntas, ¿dónde fue exactamente?, ¿cuál sería el año de construcción de la capilla? Por otro lado, ese halo de misterio encantador, conduce a los investigadores de los archivos a buscar más vinculaciones para su identificación. En este caso, el registro original ubicaba la imagen en Venezuela, pero, la investigación posterior en El Archivo ha ofrecido datos que completan la información que la duda razonable orientó. Presumiblemente se trata de la capilla de San Antonio de Padua en Boyacá, Colombia, y su construcción data del siglo XVIII.
La fotografía, como disciplina, ofrece información desde varios ángulos, comenzando por su autor (si se conoce), y en este caso es un maestro; el año de la toma, el tipo de película que se usó o la técnica en general, la identificación, el contexto; pero también los datos que no se tienen dan información en un segundo nivel. Finalmente, el hecho de que las imágenes vivan en un archivo, les otorga más de una oportunidad de completar la información que se ignora momentáneamente.
Los archivos en general y los visuales en particular son organismos vivos, se alimentan de cada documento —escrito, fotográfico, sonoro o audiovisual—, así como de las visiones de los investigadores, de los descubrimientos que dan lugar esas indagaciones y comprobaciones.
En este sentido, el Archivo Fotografía Urbana, dota de organicidad las colecciones; las confronta al exponerlas, al curarlas y al dar oportunidad a los fotógrafos, artistas, historiadores, antropólogos, arquitectos, de llegar a conclusiones a partir del estudio de las imágenes.
La verdad es que mucho debemos, como sujetos de memoria colectiva, a los archivos que resguardan estas imágenes, las reproducen y las convierten en un objeto vivo que, como esta fotografía del mes de abril, cuentan muchas historias.
[1] Álvaro Mutis en: El tercer ojo/ The third eye of Leo Matiz, 1994, pp. 21-22
[2] Matiz, Leo. (2008). El México de Leo Matiz. Equilibrista.
