El Archivo

La encrucijada de una generación

Fecha de publicación: agosto 21, 2016

Esta fotografía tuvo que ser tomada entre marzo de 1958, cuando Rómulo Gallegos regresó de su exilio en México, y abril de 1960, cuando un grupo de militantes de Acción Democrática provocó la primera división del partido y se fundó el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Entre aquellos estaba Domingo Alberto Rangel, a quien vemos en la orilla izquierda de la imagen. Sobre esto, apunta Román José Sandia:

“Quizás están en alguno de los tantos homenajes que le hicieron entonces al maestro Gallegos. Reconforta ver una gráfica de tres políticos venezolanos, cultos y honrados, especie desaparecida del elenco gubernamental desde 1999”

Al mismo respecto, dice Alfredo Coronil Hartmann:

“Calculo que debe ser de 1958, poco después de derrocado Pérez Jiménez, antes de las elecciones que ganó Betancourt. Por las sillas del local deduzco que no era un lugar lujoso… alfombrado, pero no lujoso. En esos primeros días del albor democrático se hacían actos a cada rato. Todo pretexto era bueno. Simón y Domingo Alberto eran del ala izquierdosa de AD, con la cual Gallegos coqueteó tanto durante su breve Presidencia. Sin embargo, no le doy un trasfondo político oculto a la presencia de los tres juntos. Reinaba el espíritu del 23 de enero y aún no comenzaban las fricciones internas. Obviamente, llegaron temprano, ya que se ven casi solos en el local”

El historiador Carlos Irazábal Arreaza puntualiza que las sillas parecen de un cine. “Específicamente el Boyacá, que quedaba en San Agustín del Norte, a finales de los años cincuenta”. Por cierto, a aquellas sillas habituales de la sala se les ha añadido una primera línea extra y la mejor, ésa con apoyabrazos, es asignada al autor de Doña Bárbara. De modo que probablemente, en efecto, se trataba de un homenaje al ex presidente.

Gallegos sostiene un cuaderno o folleto, mientras Simón Alberto Consalvi, a la derecha, y Domingo Alberto Rangel tienen periódicos. Casi con certeza se trata de ejemplares de El Mundo, el diario vespertino fundado por ellos dos, junto a Ramón J. Velásquez, al salir de la prisión política. Ellos tres, a pocas horas de haber sido liberados, se reunieron para hablar sobre lo que harían. Ya tenían la idea de crear un periódico.

Les faltaba buscar quien financiara el proyecto. Muy rápidamente enterado, Miguel Ángel Capriles los convocó y les preguntó cuándo querían empezar a circular. Los periodistas le dijeron que en seis meses y el editor les respondió que eso era mucho tiempo, ¡y que debían estar en la calle en menos de una semana! Así que la primera edición de El Mundo circuló el 3 de febrero de 1958, con el lema de Antonio Leocadio Guzmán, El Venezolano: “Más quiero una libertad peligrosa que una esclavitud tranquila”.

De los tiempos de Tovar

El director de El Mundo era Ramón J. Velásquez y el jefe de redacción Simón Alberto Consalvi. Domingo Alberto fue columnista hasta el último día de ese periódico. Andinos los tres, común proveniencia que para ellos es muy importante. Aunque Velásquez era tachirense, mientras que Consalvi Bottaro y Rangel Bourgoin eran merideños. Más específicamente, tovareños.

Allí en Tovar se habían conocido de muchachos. Simón había nacido en julio de 1927 y Domingo en mayo de 1923. Tenían diferencia de cuatro años, lo que explica que hubieran trabado amistad cuando el descendiente de italianos estaba en la secundaria y el de ascendencia francesa ya estudiaba en la Universidad de los Andes: en 1943, cuando ambos coincidieron en el comité distrital de AD en Tovar, creado por Domingo Alberto y Rigoberto Henríquez Vera. De hecho, la definitiva incorporación de Consalvi en la política fue provocada por un incidente cuando, siendo estudiante del Colegio San José de los jesuitas, se la jugó para defender a Domingo, entonces líder estudiantil en la ULA, quien estaba en riesgo de expulsión.

Para el momento en que fue captada esta imagen, Consalvi y Domingo Alberto tienen 15 años de estrecha amistad y mutua admiración. Con una frecuentación solo interrumpida por el exilio, porque se dio el caso, incluso, de que los dos marcharon a Caracas por la misma época, a seguir estudios en la Universidad Central de Venezuela, aunque en distintas carreras. Y tanto el uno como el otro militan en las filas de Acción Democrática, donde son figuras muy relevantes y, para ese momento, con gran futuro dentro de la organización.

Betancourt vs. Castro

Pero la navaja de la discordia ya ha empezado a trabajar. Y es lo que la fotografía recoge con extraña exactitud: mientras Consalvi mira y dialoga con Gallegos, figura prominente de la “vieja guardia”, como llamaban los jóvenes adecos de entonces a los fundadores, Domingo Alberto opta por concentrarse en otro lado, fuera del cuadro, acomodándose los anteojos como para ver con claridad hacia dónde enfilará sus esfuerzos y su brillante oratoria mordaz. Es un hombre en una encrucijada, la misma, por cierto, en la que se encuentra buena parte de su generación. Ya en ese instante se está gestando, según explica Diego Arroyo Gil, biógrafo de Simón Alberto Consalvi

“la crisis que a lo largo de los primeros años de la democracia, antes y después de la victoria de Betancourt en las elecciones, afronta AD ante la radicalización que sufre buena parte de su juventud militante y que va a acentuarse con la irrupción de la revolución Cubana. Consalvi se halla en medio de los dos fuegos. Es amigo muy cercano de Domingo Alberto Rangel –artillero de largo alcance para la polémica, partidario de la izquierdización del partido- y a la vez es sincero admirador de Betancourt, quien desde un principio demuestra prudencia con respecto a la figura de Fidel Castro. […] No obstante, compartir y cultivar ideas de izquierda y de su inicial entusiasmo por el triunfo de la revolución en Cuba, Consalvi se resiste a jugar con candela”

Consalvi le dijo a Ramón Hernández, en el libro de entrevistas que ambos sostuvieron, que su tesis era que “el gran partido era AD y que uno no debía irse de un gran partido, sino quedarse y trabajar con todo el esfuerzo posible, sin crear crisis evitables e innecesaria”. Con esa idea y centrado en sus propios objetivos, Consalvi hizo una deslumbrante carrera como hombre de Estado que no registró, ni de lejos, la biografía de Domingo Alberto Rangel.

En aquella última entrevista que dio Consalvi a María Eugenia Morales y María Belén Otero, cursantes del Programa de Estudios Avanzados en Periodismo de la UCAB, volvió a contar el episodio que terminó de desalojar en él la fantasía socialista. Ocurrió después de las elecciones legislativas de 1958, cuando él y Domingo Alberto fueron electos diputados por AD. Pero Consalvi quería salir al extranjero como representante diplomático, muy específicamente a Cuba, donde había estado durante el exilio y había dejado muy buenas relaciones. El CEN de AD no encontró objeciones para concederle el destino antillano, pero cuando lo sometieron a la consideración del presidente, Rómulo Betancourt dijo: “¿Consalvi de embajador en Cuba? ¡Nada y nunca! Yo no quiero ver al embajador de Venezuela con Domingo Alberto Rangel hablando mal del gobierno de Venezuela en las calles de La Habana. Si Simón Alberto quiere irse al servicio exterior, que se vaya a Yugoslavia para que se le enfríe la cabeza”. “¡Y dicho y hecho!”,  dijo Consalvi a Morales y a Otero:

“Me fui a Yugoslavia y se me enfrió la cabeza. Puedo decir que yo no tenía una visión del socialismo y del comunismo, pero cuando vi la realidad del más tolerante y diverso de los sistemas socialistas, como lo era Yugoslavia, una especie de punto medio entre el capitalismo y el comunismo, y sin embargo la pobreza era tan grande, a mí me cambió todo”

Será que no oyeron bien

Consalvi llevó a Yugoslavia a principios de 1961 como fundador de la Embajada de Venezuela en ese país. Por aquellso días, Domingo Alberto estaba abandonando Acción Democrática y la amistad entre los dos se había fracturado para siempre. Consalvi guardó silencio en lo sucesivo con respecto a Domingo Alberto, pero éste se refirió a él llamándolo traidor. De Betancourt solía decir que había abandonado “la izquierda para congraciarse con los Estados Unidos, quizás porque entendió que sin la bendición de los gringos nunca llegaría a tener poder real en Venezuela”.

El historiador Tomás Straka hizo un análisis de estas ideas del ala izquierdista de AD en un breve trabajo que escribió no sobre la ideología del partido sino sobre los ensayos publicados por algunos adecos en Cuadernos Americanos, durante el exilio.

En el deslinde que se da en la década de 1950, el grupo del que formó parte Domingo Alberto Rangel llegó a conclusiones parecidas a las del Partido Comunista Cubano con respecto a su propia ‘revolución democrática’: simplemente no es posible alcanzar sus objetivos (“la independencia nacional y la liberación de las masas”) sin ir al socialismo. De hecho, fiel a las ideas del etapismo, Rangel siempre concibió al socialismo como un objetivo último a seguir (“de la democracia iremos al socialismo”). Como en el Betancourt del genésico Plan de Barranquilla (1931), para él lo de la Revolución de Octubre era, leninianamente, sólo el “programa mínimo”. Y aunque no hay indicios contundentes de que el Partido Democrático Nacional (1937), legalizado con el nombre de Acción Democrática cuatro años después, siguiera sosteniendo estas tesis de manera oficial —al contrario, tanto Betancourt como AD ya daban muestras claras de anticomunismo antes de 1945—, es evidente que en discusiones internas, al menos en ciertas células, se hablaba de forma distinta; o siempre se mantuvo la suficiente ambigüedad para que hombres como Rangel siguieran creyendo en un “programa máximo” al estilo soviético; o Rangel y otros simplemente vieron lo que quisieron ver y trataron de imponer esas particulares visiones sobre la mayoría.

Straka concluye que la intelectualidad adeca quedó escindida por el hecho de que

la siguiente generación de escritores y académicos del partido básicamente se fue con el MIR. La derrota fue una verdadera tragedia en sus vidas y sus obras, que de muchas formas quedaron truncas y nunca alcanzaron la resonancia de un Andrés Eloy Blanco, un Rómulo Gallegos o un Mariano Picón Salas, a quienes, por cierto, denostaban en términos estéticos […] No es objetivo de este trabajo determinar si fueron ellos o fue AD quien experimentó el cambio, o si es verdad su sistemática queja de que ‘Betancourt nos traicionó’. Nosotros solo nos atrevemos a afirmar que si hubieran leído con más calma los documentos que los dirigentes fueron publicando en el exilio, tal vez sus decisiones no los hubieran tomado por sorpresa.

Es muy posible que esto haya ocurrido, que los adecos de izquierda no hubieran escuchado a la plana mayor de AD en sus constantes y firmes testimonios de encontrarse en una acera distinta al comunismo. De hecho, al evocar sus inicios en la política, Domingo Alberto Rangel dijo:

“Yo era un muchacho apenas cuando Rómulo llegó a la Universidad de Los Andes y en un discurso dijo lo que los jóvenes de aquella generación queríamos oír. Al otro día todos nos declarábamos romuleros”

Simón Alberto Consalvi quedó en el saco de quienes sí pararon la oreja y, por cierto, de quienes no sólo no denostaban de Gallegos sino que, muy por el contrario, escribió dos libros sobre él. En 1991, cuando era embajador de Venezuela en Estados Unidos, publicó Auge y caída de Rómulo Gallegos, y quince años después entregó a la imprenta su hermosa biografía del Maestro: el número 41 de la Biblioteca Biográfica Venezolana, obra de ese brillante e incansable tovareño que en esta foto acompaña al fundador fumador, recién regresado a Venezuela, derrocado, viudo y a punto de caer en la lengua de Domingo Alberto Rangel.

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