Los Sánchez Peláez pasean por París con amigos

Fecha de publicación: marzo 8, 2020

—Párense ahí —les dice el fotógrafo. Las mujeres no interrumpen su charla y se limitan a detenerse. Cuentan con que van a salir bien en la foto: más elegantes no pueden estar, Malena con su abrigo color araguato y Fresia envuelta en una capa de lana negra. Los dos hombres, al centro, en cambio, sí observan las diligencias del fotógrafo: Juan, con las ateridas manos en los bolsillos, parece hacer un comentario amable, y Pierre, resignado a salir siempre pálido y poco agraciado, da muestras de impaciencia con un pie adelantado, listo a la marcha.

Los cinco amigos pasean por París. De izquierda a derecha: Malena Coelho, Juan Sánchez Peláez, Pierre de Place y Fresia Ipinza. El fotógrafo es el médico Freddy Seidel Díaz, quien cursa por esos años estudios de psiquiatría en la capital francesa.

María Elena Coelho

—Mi nombre completo es María Magdalena Coelho Bilbao. Nací en Buenos Aires, el 28 de febrero de 1933. Acabo de cumplir 87 años. A los 35 años me sentí harta de todo, de la ciudad, del trabajo, de mi vida… Yo era intérprete pública. Empecé a trabajar en cuanto terminé el bachillerato y para el momento en que decidí cambiar de vida era secretaria bilingüe en una compañía inglesa.

—¿Dónde había aprendido inglés?

—Desde bebé tuve una niñera, hija de los irlandeses que habían emigrado a la Argentina en la época de la hambruna en Irlanda. Aprendí a hablar en los dos idiomas a la vez. Estudié en el Instituto Británico y después fui al Instituto para aprender Inglés Comercial.

—¿Qué hizo, entonces, cuando se aburrió de su vida?

—Tenía un hermano que vivía en Nueva York con su esposa y dos hijos. Trabajaba en la Universidad de Columbia. Le escribí para decirle que quería pasar el verano allí. El 8 de diciembre de 1968 me fui a NY. Increíble el frío que hacía. No tenía planes ni perspectivas. Lo único que sabía es que no quería volver a Buenos Aires. Tampoco tenía visa de trabajo, pero un matrimonio amigo me recomendó contactar a una señora llamada Marta Fernández, que sería muy importante para mí. Ella trabajaba en la librería francesa del Rockefeller Center, cuyos dueños tenían una enorme empresa de importación de libros. Marta Fernández trabajaba en la sección Spanish Books of America. En enero, nada más terminar las fiestas, la llamé. Y ella me dijo: “Vente a trabajar a la oficina”. Un lugar lindo y todos muy amables, pero a los dos meses el jefe de Spanish Books me dijo que no podía seguir trabajando porque no tenía visa de trabajo.

Le escribí a una amiga en Buenos Aires para contarle mis aventuras y mi breve pasantía y ella me sugirió que fuera al Consulado de Argentina, donde trabajaba una prima suya. Fui. La prima me presentó al cónsul general, quien me preguntó si hablaba inglés de corrido. “Y escribo a máquina muy rápido”, le dije. “Cuándo querés empezar”, me preguntó el cónsul. “El lunes”, le contesté. Así obtuve una visa de trabajo. Atendía al público en el departamento de pasaportes y legalizaciones. Pasaba el día poniendo sellos y llevándole documentos al cónsul para que los firmara. La parte buena es que tenía un horario cómodo, salía a las tres de la tarde. En el interín, Marta Fernández, parte de cuyo trabajo consistía en viajar por América Latina para adquirir libros que le pedían profesores y bibliotecas de los Estados Unidos, decidió abrir su propia librería en Manhattan. Y me pidió que trabajara con ella en las tardes, cuando salía del Consulado. Necesitaba alguien que escribiera cartas a los editores latinoamericanos que serían sus proveedores. Para ese momento, yo me había mudado a su casa.

Juan Sánchez Peláez

Juan Sánchez Peláez nació el 25 de septiembre de 1922, en Altagracia de Orituco. El poeta y editor Alberto Márquez contó que:

«Luego de haberse graduado de bachillerato, en 1940 se trasladó a Chile con su familia, donde su papá quería que estudiara Derecho. No lo hizo y tampoco estudió otra carrera, se dedicó a leer e hizo contacto con los miembros del grupo surrealista La Mandrágora, uno de los más importantes de América Latina […]. Por esa razón, su padre lo devuelve a Venezuela. En Maturín y en Cumaná fue profesor, así como en el Venezuelan College de Trinidad. Entre 1952 y 1955 se desempeñó como agregado cultural de la Embajada de Venezuela en Colombia, donde hizo sólidas amistades que cultivó durante toda su vida. En dos ocasiones vivió en París (1956-1957, 1959-1963). En esa ciudad conoció a Ellen Lapidus, su primera esposa y madre de sus dos únicas hijas: Celia y Raquel».

En 1951, publicó el libro Elena y los elementos, que le dio notoriedad inmediata. Y en 1969, fue invitado a participar en el IWP (International Writing Program) de la Universidad de Iowa, que entonces duraba unos nueves meses. En el invierno de 1969, Juan hizo un viaje a Nueva York, que cambiaría su vida.

El crítico Julio Ortega lo contó así, en la introducción a una antología de Sánchez Peláez que hizo para la UNAM:

«En la primavera de 1969, en el Iowa International Writers, encontré a Juan. Coincidía él con Néstor Sánchez, Carlos Germán Belli, Fernando del Paso, Luisa Valenzuela y Nicolás Suescún. Todavía recuerdo los oscuros pasillos del Mayflower, el edificio de los escritores becados, que me parecieron los corredores de un hospicio donde, de puerta en puerta, el traqueteo de las máquinas confirmaba que había escritores que, en efecto, escribían, como bromeaba Valéry a propósito de Léautaud. […] ese día de mi visita, la pausa reflexiva de Juan Sánchez Peláez me conmovió como la mejor medida de esa suma de desamparos. Después, creí entender que Juan encarnaba, reluctantemente, ya no el exilio, que abunda en coordenadas y sabe su nombre, sino la errancia, que es un desencuentro permanente, y cuyo lenguaje está hecho de la duda y la zozobra. Juan parecía provenir de ninguna parte y estar partiendo a parte alguna. Tenía, eso sí, la virtud mayor de convertir las deshoras y destiempos en espacios de intimidad gozosa. Como los grandes poetas, hacía su fogata en la intemperie».

«Yo estaba entonces en Pittsburgh», sigue Julio Ortega, «y pasaron por mí, en el enorme automóvil del narrador que conducía Fernando del Paso, Juan, Néstor, Belli y Suescún, rumbo a Nueva York. Allí Juan se iba reanimando hasta revelarse tan cosmopolita y urbano que terminaba renunciando a la ciudad: le bastaban unos rincones familiares y propicios a la charla. Juan siempre tuvo el don de la amistad, virtud de los solitarios; y el gusto certero, aunque nunca fue sarcástico sino, todo lo contrario, capaz de una tierna inteligencia, virtud de los más apasionados. A poco de ese viaje, conoció a Malena Coelho, a quien todos le debemos los mejores años de Juan».

Malena

—El día que se inauguró La Librería, así en español, llovía a cántaros. Juan estaba invitado, pero no fue. Lo había invitado su amigo Ben Ami Fihman. El local de La Librería estaba casi todo en un sótano. Tenías que bajar desde la calle para entrar, pero estaba lo suficientemente alta como para tener una ventana que daba al ras de la vereda. Juan me contaría luego que llegó a La Librería, pero al ver desde la calle, por la ventana, que estaba lleno a reventar, decidió que no entraría. Se fue.

—¿Han podido no conocerse?

—Teníamos mucho a favor. Yo vivía en casa de Marta Fernández y unos días después de la inauguración del local, vino a hospedarse la escritora Luisa Valenzuela, quien estaba en el IWP, en Iowa. Un día suena el timbre en el apartamento de Marta. Había llegado una visita para Luisa. Era Juan Sánchez Peláez.

“Hola”, dijo con mucha timidez. Marta lo hizo pasar y Luisa le dijo: “¿Querés comer un poco de guiso que quedó de anoche”. Luisa puso la olla en la hornilla y se fue al salón a conversar con Juan. Yo me estaba comiendo una manzana en la cocina. El guiso empezó a hervir. Llené un plato y se lo llevé a Juan. Él me miró y tomó el plato de mis manos. Sentí mariposas en el estómago, como si fuera a presentar un examen. Me dio pena y me fui. Después Juan se reía: “te fuiste corriendo”.

Al día siguiente, sonó el teléfono. Había cuatro personas en casa, pero atendí yo. Era Juan. Dijo que tenía dos entradas para un concierto de música barroca en una iglesia. No dijo más nada, yo tampoco. Tres días más tarde volvió a llamar. Nadie se movió cuando sonó el teléfono, así que atendí yo. Era Juan para decirme que yo tendría que ir con su amigo Ben al concierto, porque no habían conseguido una tercera entrada.

“No conozco a Ben”, le dije. “Lo reconocerás porque es gordito”, me dijo. “No quiero ir a ningún concierto con ningún gordito”, le dije. “Está bien… Y nosotros, ¿cómo hacemos?”, dijo. “¿Cómo hacemos para qué?” le dije, emocionadísima. “Para vernos”.

“Bueno, el jueves la librería va a estar abierta hasta las diez”.

La tarde de ese jueves, cuando llegué del Consulado, abrí al azar Un día sea, la antología de Juan editada por Monte Ávila, cuyo impresionante catálogo La Librería tenía casi completo. Y fui leyendo poemas [los recita de memoria]. A cada página me sentía más humilde. Yo, que era lectora de novelas, nunca había tenido amistad con ningún poeta.

Juan llegó y, en vez de entrar, dio golpecitos con la uña en la ventana. Era la segunda vez que lo veía, pero una niña dijo: “Llegó el novio de Malena”. Así entró Juan. Esa noche, al cerrar La Librería, fuimos en grupo a una creperie. Concluida la cena, todos se fueron. Juan y yo nos quedamos solos en la acera. Me dijo que fuéramos a Times Square. De la librería Marlborough salía una musiquita de navidad. “Ven, te voy a regalar ese disco”, me dijo. Entramos. Había una niñita, otra niñita. “Señora”, me dijo. “¿Verdad que usted trabaja en el Consulado? ¿Viste, mamá?”. Juan me mira y me dice: “Eres famosa, Malenita”.

Juan estaba separado desde hacía tiempo de su primera esposa. Las niñas nacieron en París. Ellos se separaron, la esposa y las hijas se fueron de Venezuela y Juan quedó a la buena de Dios. Completamente indefenso. Era un aerolito que cayó en la familia Sánchez Peláez… Para aquel momento, cuando nos conocimos en Nueva York, todavía no se había divorciado. Esa noche nos rejuntamos. Nos habíamos conocido cinco días antes. Y unos meses después, cuando terminó el programa de Iowa, en mayo de 1970, vino a Nueva York y alquilamos un estudio.

Ben Ami Fihman

—Yo me había inscrito —recuerda el escritor y periodista Ben Ami Fihman —a finales de 1967, en la Escuela de Cine de New York University. La ciudad de esa época oscilaba entre aquella cuya esencia y espíritu desolados conservan los cuadros de Edward Hopper y la urbe caótica enloquecida por el LSD, la guerra de Vietnam, los motines raciales y el diluvio de la pornografía, mesurable en la proliferación de tiendas especializadas en Times Square. El poeta cubano José Antonio Arcocha, mi primer amigo «en el vasto alboroto de Manhattan”, sería catalizador de mi amistad con Juan y auxiliar en mi plan de entrevistar a Jorge Luis Borges.

—Fue Arcocha (no confundir con su primo Juan, el intérprete y novelista), el viejo Pepe, como le gustaba que le dijeran, quien un día de la primavera de 1968 me presentó a Juan Sánchez Peláez, en el hotel Wentworth de la calle 46. Veníamos de cenar en el restaurante Los dos hermanos, de Amsterdam Avenue, donde Arcocha me había preguntado si quería conocer a Sánchez Peláez.

—Llegados al vestíbulo del hotel donde vivía el cubano en un ala trasera para hombres solos, nos topamos con otro de los inquilinos, el compositor, astrólogo y mecanógrafo Natalio Galán. Arcocha le preguntó por Juan y este, con típica benevolencia cubana, le contestó que lo había dejado en una librería pornográfica, embelesado con las revistas de zoofilia. Justo apareció Juan y nos conocimos. Yo tenía 19 años y esa noche nació, a primera vista, una amistad asimétrica que duraría por el resto de nuestras vidas.

—Juan estaba visitando a sus dos hijas, que vivían en Brooklyn, y se instaló en el Wentworth, en uno de los cubículos que daban a la 47th Street, la calle de los diamanteros. Nos citamos para el día siguiente. Cuando llegué quiso ir a tomarse “una sopita” en el Automat de la Sexta Avenida. A partir de ese día, nos veíamos para ir cenar en Amsterdam Avenue y, en la calle, Juan me decía de memoria el último poema en prosa que acababa de publicar en Mundo Nuevo, o un párrafo de una carta que estaba por enviarle a Guillermo Sucre, o la estrofa de un tango para ilustrar tal o cual situación. Hasta que regresó a Caracas para las elecciones que ganó Caldera.

—A comienzos del año siguiente, [1968] en la librería Rizzoli, donde trabajaba, Arcocha me anunció que Borges tenía previsto un viaje a Nueva York. No se me ocurrió nada más menudo que invitar a cenar a Georgie, como sabíamos que le decían, al estudio al que me acababa iba mudar. Lo hice en una carta que le dirigí a quien entonces era director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Pasaron los meses y no llegó respuesta. Entretanto apareció Juan, quien hacía escala con el programa de escritores de la Universidad de Iowa. Esa Navidad almorzamos en el restaurante del Salvation Army de la calle 14, lo que da una idea de nuestra felicidad neoyorkina. Le confié mi decepción con Borges.

—Por entonces, una argentina de nombre Marta Fernández estaba montando una tienda, La Librería, en la calle 50. En su casa se alojó la narradora Luisa Valenzuela, otra de las invitadas de Iowa, que en el mismo apartamento le presentó Juan a Malena, también porteña. El poeta venezolano le canturreó los primeros versos del famoso tango homónimo. Ya yo había decidido cambiar mi cena con Borges por una entrevista.

—Les cedí el estudio para la primera noche que pasaron juntos (yo me fui el fin de semana donde unos primos en Long Island).

Jorge Luis Borges

La entrevista que Ben Ami Fihman le hizo a Jorge Luis Borges en La Librería, en diciembre de 1969, (era la primera vez que un venezolano sostenía un diálogo periodístico con el gran escritor) apareció en El Nacional el 11 de enero de 1970. Se titulaba»Una conversación consigo mismo».

En las primeras líneas, el periodista describe la brevedad de la sala donde Borges ha ido a dar su conferencia y cuenta que la escritora Luisa Valenzuela, quien ha mediado para que se produzca la entrevista, lo lleva ante el famoso autor.

«Alguien menciona el sótano de La Librería», apunta Fihman en su texto,»y él se hace conducir. Las escaleras empinadas y estrechas; Borges baja ayudado y con dificultad: recuerdo que sus antepasados se han quedado ciegos también. Cuando nos encontramos abajo le digo:

—Tuvimos que descender al sótano como Carlos Argentino.

—Es cierto».

Juan Sánchez Peláez a Madrid

En 1973, Carlos Andrés Pérez gana las elecciones presidenciales en Venezuela. El periodo comienza, pues, en 1974. Su primer canciller sería Efraín Schacht Aristeguieta, quien estuvo en el cargo hasta finales de ese año. El 23 de enero de 1975 fue sustituido por el larense Ramón Escovar Salom, quien meses después designó a Juan Sánchez Peláez agregado cultural de la embajada de Venezuela en España.

El poeta y Malena se habían ido de Nueva York en agosto de 1971. En barco, porque Sánchez Peláez se negó a ir en avión.

«Un domingo», cuenta Malena,»nos llamó un amigo y nos dijo: ‘Así que Juan se va a Madrid y ustedes no me han dicho nada…’. No teníamos idea de lo que estaba diciendo. Nos preguntó si teníamos El Nacional a mano. Resultó que allí, en primera plana estaba la foto de Juan y la noticia. Así nos enteramos del nombramiento. Escovar Salom era compañero de Juan en la junta directiva de Monte Ávila».

—Tengamos en cuenta —sigue Malena —que Juan nunca duró más de 9 meses en un trabajo. A los 9 meses se cansaba y renunciaba. El embajador de Venezuela en España, entonces, era el oficial tachirense Santiago Ochoa Briceño; él y su adorable esposa, Flor Amelia Antich, nos recibieron muy bien. El embajador estaba fascinado con Juan, lo que causó roncha en los otros funcionarios. A los nueve meses, Juan quiso cambiar de embajada. Le dijo al embajador que quería irse a Caracas a pedirle al canciller que lo cambiaran de destino. Y así lo hicimos. Pero una vez en Caracas, fue imposible hablar con Escovar Salom, porque este siempre estaba de gira en el extranjero con el presidente Pérez. Estuvimos tres meses en Caracas y nos devolvimos a Madrid… pero para ese momento, ya corría el año 1977, habían cambiado al embajador Ochoa Briceño para el Vaticano. Había un nuevo embajador, un político anodino, quien parecía haber sido envenenado con Juan porque el caso es que le hizo el trabajo muy desagradable. Cuando llegó diciembre, Juan le comunicó su intención de irse una semana a París y el embajador le dijo que no. “Me voy igual”, dijo Juan. Estábamos en París cuando llegó el telegrama donde decía que lo habían despedido.

El paseo

Malena y Juan se hospedaron esa navidad de 1977 en casa del matrimonio compuesto por Fresia Ipinza y Freddy Seidel Díaz, quien, según recuerda Malena, disfrutaba de «una super beca de las que daban las universidades venezolanas en esa época».

Al recibir el telegrama que los ponía de patitas en la calle, los diplomáticos decidieron prolongar su estadía parisina unos días más. Fue entonces cuando salieron de paseo y, de regreso de la placita Fürstenberg, el doctor Seidel Díaz les hizo esta foto.

—Malena, ¿usted recuerda dónde había comprado ese abrigo?

—No lo compré. Era una chiva, como dicen en Venezuela. Era un abrigo de cuero de lo más exquisito. Me lo había regalado la hermana de Juan, quien había estado casada con un industrial muy próspero. Ella me regalaba mucha ropa. Y a fin de año cambiaba los muebles y me mandaba los viejos, así que cada año subíamos de categoría.

—¿Quién es el hombre alto, que aparece en la foto?

—Es -dice Malena- el poeta Pierre de Place fue un personaje que vivió en Caracas. Trabajaba en el INCIBA. Estaba casado con una argentina, llamada Loly Manie, quien no está en la foto porque le aburrían los poetas, empezando por su marido, de manera que no fue ese día con nosotros. Loly trabajó años en el Consulado de Venezuela en París. Años y años. De Place fue intérprete de Gaulle cuando este estuvo en Caracas

Fresia Ipinza

La dama del extremo derecho vive en Valencia, Venezuela. Por tanto, sufre prolongados apagones y no es fácil contactarla por teléfono. Dado que Malena contó que, aunque ellos la veían con cierta frecuencia, la gran amiga de ellos era la hermana de Fresia, la poeta y contante lírica Lotty Ipinza, a quien consultamos para esta nota.

—La conjunción de Juan Sánchez Peláez con Pierre de Place, Fresia Ipinza y Malena en el invierno de 1977, no es casual —observa Lotty Ipinza—. Ellos, salvo Malena, eran amigos en Venezuela hacía un tiempo.

«La casa de Fresia en París», sigue Lotty, «era una alegre embajada, el ir y venir de los amigos no cesaba jamás, casi todos los días había encuentros, comidas, charlas animadas e interesantes, vino y camembert. Este era un ambiente que a Juan le gustaba mucho y Malena disfrutaba enormemente. Fue una época verdaderamente idílica, irrepetible, memorable. Juan era un interlocutor exquisito, luminoso incansable. Malena lo secundaba en todo y lo llenaba de un amor pocas veces conocido, pocas veces posible. Esa fotografía está llena de una alegre belleza.

«En cuanto a mi hermana, Fresia Ipinza Rincón, fue una excelente nadadora en su niñez y adolescencia, llegó a ser campeona nacional varias veces en la especialidad de 100 metros espalda, y representó a Venezuela en juegos suramericanos de natación, ganando la medalla de plata. Estudió Derecho en la Universidad de Carabobo, y abandonó los estudios casi al graduarse. Hizo parte de las jóvenes que hacían Danza Contemporánea en Valencia, proceso que continuó en París, donde estudió con la eminente bailarina contemporánea Carolyn Carson. También hizo cursos de Museología en el Museo del Louvre, en su estadía parisina de varios años.

«Fresia se casó dos veces y tuvo tres hijos. A su regreso a Venezuela, trabajó en el Museo de Bellas Artes varios años. Luego se dedicó por entero a la política. Con sus conocimientos de Derecho, se dedicó a denunciar todo tipo de corrupción en los distintos gobiernos, si bien su ideología política es socialista, ha mantenido una lucha frontal contra la corrupción de este gobierno socialista. Y también a dedicado su lucha a defender a los pobres, y orientarlos en sus derechos fundamentales. Participó en la demanda contra los Créditos Indexados, ganando la demanda y devolviéndole su vivienda a innumerables personas de la clase media. Aún hoy continúa con su trabajo, teniendo el respaldo de muchísima gente».

Malenita

«Cuando Juan cumplió 80 años, me dijo: “Yo nunca creí que iba a llegar a los 80, Malenita. Esto te lo debo a ti”. Y si yo he vivido más de 80 también es gracias a él. Fui muy feliz con Juan. Después de vivir 33 años con Juan, me doy cuenta de que vine a este mundo para estar con él. Yo fui su ángel de la guardia. Y él fue mi vida. Yo viví para él».

—En 1978, regresa de Madrid a trabajar en sus dos nuevas colecciones Por cual causa o nostalgia y Aire sobre el aire —escribió el poeta Alejandro Oliveros—. En 2001 fue distinguido por la Universidad de los Andes (Mérida) con el doctorado Honoris Causa. Sánchez Peláez muere en Caracas el 20 de noviembre de 2003. Al año siguiente, su viuda, Malena Coelho, se encargó de la edición definitiva de su Obra poética para la editorial Lumen, tal vez el libro más representativo de la lírica venezolana del siglo XX.

Malena regresó a Argentina, donde vive «del campo. De una hacienda que heredamos de un tatarabuelo. Con el correr de los años se ha ido reduciendo, pero con eso me basta».

 

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