El Archivo

Isaac Pardo, Monseñor Hernández y Arturo Uslar Pietri, Caracas, 18 de julio de 1969: Bottaro ©Archivo Fotografía Urbana

Retratos, hitos y bastidores: Pensar utópico de Isaac J. Pardo

Fecha de publicación: noviembre 9, 2021

“En fin, más que sugerir soluciones queremos ofrecer temas de reflexión,
convencidos de que pensar utópicamente es ir al encuentro de un futuro
promisorio que está tocando a la puerta”.

Isaac J. Pardo, “Prefacio” a Fuegos bajo el agua. La invención de Utopía
(1983)

1. Coincidiendo con la crítica a la pérdida de identidad venezolana desplegada por otros intelectuales de su generación, como Juan Liscano y Arturo Uslar Pietri, Isaac J. Pardo (1905-2000) lamentó, en el ocaso de su vida, que las sucesivas oleadas inmigratorias a la capital venezolana habían hecho que esta no fuera de los caraqueños ni de nadie. Apuntando a la supuesta hipertrofia metropolitana, confirmó esa falta de pertenencia a María Rodríguez Ribes en conversaciones sostenidas a mediados de la década de 1990, recogidas en El otoño luminoso de Isaac J. Pardo (1999): “A mí nadie me va a decir: ‘Yo soy caraqueño’ y que está empapado. No, no. Es miembro de una colectividad heterogénea, alocada y desequilibrada”.

Era la visión desengañada del hombre otoñal, cercana a la de Liscano y Uslar en sus ensayos caraqueños, donde todos criticaban, discutiblemente, que la urbanización venezolana había conllevado una pérdida de identidad que sí se mantendría en las metrópolis europeas donde se habían formado, presididas por París. En el médico anciano –exiliado en Barcelona y Madrid durante las postrimerías del gomecismo, donde estudiara tisiología– esa visión era reforzada por su desprendimiento del mundo, acelerado por la salud mermada. No es casual en este sentido que, en vísperas de finalizar el siglo, Pardo confesara al periodista Rubén Wisotzki, en entrevista publicada en El Nacional en 1999, que solo salía de su casa para ir al médico, y al hacerlo iba siempre “con los ojos cerrados, porque el volumen de tráfico que existe hoy en día me produce mareos”.

2. No obstante ese pesimismo senil sobre Caracas, durante su trayectoria como historiador y humanista, Pardo no desplegó, a diferencia de Uslar y Liscano, una letanía sobre la urbanización venezolana o mundial, ni una prédica contra nuestra degeneración de los valores asociados a la cultura y la civilización. En paralelo con su labor pionera en la lucha antituberculosa desde su regreso al país de López Contreras, surgió en el intelectual la inquietud por producir “nosotros mismos otra forma de pensar y tratar de crear otros instrumentos que no fueran las armas para cambiar el rumbo político de Venezuela”. Así lo resumió a propósito de su lucha como dirigente estudiantil de la generación del 28 contra la dictadura de Gómez, según recoge una semblanza publicada en 2003 en El Nacional, periódico que  dirigiera durante los desafiantes años de Pérez Jiménez. Además de la fundación de Unión Republicana Democrática (URD) en 1945, de esa inquietud nacionalista surgieron, puede decirse, los más de sus libros sobre historia venezolana, de Esta tierra de gracia (1955) a La ventana de don Silverio (1978), resultante este último de su columna periodística.

“En la medida en que sus estudios fueron definiendo un fresco de la mentalidad y el espíritu que forjaron nuestro ser histórico” –continúa la semblanza publicada en la edición aniversario de El Nacional en 2003– “se hizo claro para él que todo eso expresaba un proceso más general, de carácter universal, que definía a la civilización entera”. Esta última búsqueda condujo a Pardo a la noción de utopía como grial de su cruzada otoñal. Y la revelación vino al querer escribir sobre Vasco de Quiroga, obispo pionero en México de las organizaciones de indios, según el modelo citadino propuesto en la Utopía (1516) de Tomás Moro.

Con erudito dominio de la literatura filosófica y patrística, bíblica y escolástica, el humanismo historicista del doctor Pardo desembocó así en su dilatada exploración de la utopía antigua, medieval y renacentista en Fuegos bajo el agua (1983). La “naturaleza bifronte” de la utopía, en sus dimensiones lúdica y prospectiva por un
lado, semiótica y realista por el otro, fue hilvanada allí por el humanista para “apreciar la extraordinaria significación del proceso utópico en el constante devenir del conglomerado social”. Si bien la obra registra principalmente la genealogía visionaria de Platón a Moro, también se encuentran claves para entender cómo este último alimentó las propuestas del socialismo utópico, seguido del científico de Marx y Engels. Todo ello hace del libro de Pardo no solo una contribución a la difusión del vasto corpus utopista en el medio venezolano, sino también otra respuesta a la literatura historicista que precediera en el país la aparición de Fuegos bajo el agua. Pueden resaltarse en este sentido desde los títulos de Francisco Herrera Luque; pasando por Del buen salvaje al buen revolucionario (1976), de Carlos Rangel; hasta La isla de Robinson (1981), la biografía de Simón Rodríguez novelada por Uslar Pietri.

Fuegos bajo el agua de Isaac J Pardo (Fundación La Casa de Bello, 1983)

3. Significativo es, a mi juicio, que la suma de Pardo apareciese en 1983, cuando el país completaba su ciclo de urbanización demográfica, mientras las ciudades evidenciaban el agotamiento del modernismo, la planificación y la modernización en general, al tiempo que el Estado petrolero y la Venezuela saudita entraban en
crisis. Por ello, más que por el inconmensurable imaginario utopista compilado en sus 800 páginas, de apariencia remota para la realidad venezolana, la obra remite
al país por el señalado momento de su edición. Así ocurrió, mutatis mutandis, con La ciudad de los techos rojos (1947-49), de Enrique Bernardo Núñez, entre otros
libros de crónicas aparecidos, como alertas patrimoniales y de conciencia histórica, durante la década de 1940, cuando Caracas y otras ciudades venezolanas se trocaban en metrópolis. Y creo que esa significación de Fuegos bajo el agua con respecto a la crisis de la Venezuela saudita fue explicitada por el autor a través de su intención didáctica, llamada a difundir “una conciencia utópica” como base para la paideia o formación del ciudadano del siglo XXI, como también quiso Pardo hacerlo en el XX con sus libros de historia nacional.

El alcance educativo de esa concienciación se amplifica al revisar la noción de utopía de Pardo a la luz de sus exégesis posteriores, a propósito de la crucial
significación de aquella en el mundo finisecular. En este sentido debe considerarse que, como aclarara el humanista en discurso ante la Academia Nacional de la Historia en 1983, recogido en A la caída de las hojas (1998), una de las acepciones de lo utópico connota lo “desproporcionado”, más no imposible, que algo pueda resultar con respecto a su realidad, según la concepción de Karl Mannheim. Tal ensoñación desproporcionada es ultimadamente “la necesidad del hombre de crearse una vida mejor y eso es una cosa eterna y universal. Hay enormes masas que necesitan una vida mejor, que la están pidiendo”, puntualizaría una década más tarde en su respuesta a Ramírez Ribes, al plantearle su biógrafa la cuestión del supuesto fin de la utopía tras la caída del muro de Berlín, baluarte del orbe comunista adonde remitieron muchas propuestas utópicas de la era industrial.

En esas conversaciones de la década de 1990, Pardo dejó ver el vasto sentido de la noción, que acaso fue también su particular respuesta a la antinomia entre
cultura y civilización, heredada de Oswald Spengler por su generación:

“La utopía no muere. La utopía, al fin y al cabo, es el anhelo del ser humano de una vida mejor. Eso no puede perecer. Eso tendrá sus diversas fases, sus diversas interpretaciones, sus diversas expresiones, pero no puede perecer. Todas las utopías, las antiguas, las modernas, no son sino manifestaciones de un anhelo eterno del ser humano, que es el de buscar una vida mejor y desde luego eso no perece y no creo que la humanidad busque estar peor de una manera consciente”.

Así, a diferencia de Liscano y Uslar, asomaba en Pardo un humanismo esperanzado todavía por algunos valores seculares, aunque fuera a través de la ensoñación utópica. Ello lo coloca en una posición de relativo optimismo, anticipada en su prefacio a Fuegos bajo el agua: “En fin, más que sugerir soluciones queremos ofrecer temas de reflexión, convencidos de que pensar utópicamente es ir al encuentro de un futuro promisorio que está tocando a la puerta”. En medio de la crítica intelectual venezolana desatada por el Caracazo y sus secuelas, liderada por aristarcos de su propia generación, ese pensar utópico de Isaac J. Pardo fue, a pesar de sus reticencias ante la identidad capitalina, una de las ventanas más luminosas para mirar hacia la Venezuela de entre siglos.

 

 

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