«Quita a la piedra que soy
lo que le sobra,
martilla, esculpe, talla.
Sé que tu mano puede dar la forma exacta,
sé que tu amor puede alcanzarme
más allá del peso de las horas
y la ciega tiranía de los astros…»
Eugenio Montejo, Terredad (1978)
La muerte es tan definitiva, tan absoluta y sobrecogedora que frente a ella poco o nada puede decirse. Es de tal forma para un individuo y para una familia, para un país y para el mundo todo… la sensación de tiempo detenido, de esperanza por la vida eterna, de “descanso en este más acá” que hay en un camposanto nos conmueve en todas las dimensiones posibles.
El Cementerio General del Sur, en Caracas, ubicado en el sitio del “Rincón de El Valle, en un terreno que llamaban Tierra de Jugo”[1] fue construido entre 1875 y 1876, obedeciendo la necesidad que tenía la ciudad de un “Cementerio adecuado a su población”.[2]
El 5 de julio de 1876 quedó abierto el cementerio por decreto del entonces presidente Antonio Guzmán Blanco y, de inmediato, quedaba prohibido utilizar los otros cementerios que había en la ciudad, como el de “Los Hijos de Dios”, el de “San Simón”, o “Los Alemanes” y los adjuntos a capillas e iglesias. Entre idas y venidas de la historia, aperturas y cierres temporales, compras de terrenos adjuntos y extensiones, el Cementerio General del Sur, fue creciendo y comenzó a albergar a expresidentes, encargados del ejecutivo nacional, ministros, generales. Por ejemplo, en él fueron enterrados el Dr. Raimundo Andueza Palacio (Venezuela, 1846-1900), abogado, militar y político, presidente de la República entre 1890 y 1892, y el general Joaquín Crespo (Venezuela, 1841-1898), caudillo militar, político y dos veces presidente de la República; el Dr. Juan Pablo Rojas Paúl (Venezuela, 1826-1905) abogado y político, presidente de la República entre 1888 y 1890, y fundador de la Academia Nacional de la Historia,[3] entre tantos nombres ilustres, así como el de los ciudadanos de a pie.
Los mausoleos, capillas, estatuaria y objetos de arte, como los denomina Landaeta Rosales, tenían un gran valor que alcanzaba en aquel entonces los cuatro millones de bolívares; dice, además que los mejores monumentos fueron traídos de Italia y otros países de Europa, al tiempo que lista algunas de las marmolerías existentes en la ciudad. Entre ellas, menciona la de Emilio Aagaard, lapidario; Julio Roversi, comerciante de estatuas; Francisco Pigna, marmolista, entre otros.
«Escultores famosos de la talla de Pietro Ceccarelli, Chellini, Francisco Pigna, Ventura, Morini, Julio Roversi y Emilio Gariboldi (…) se hicieron presentes. De tal manera, “el camposanto llegará a ser pues, un lugar en donde se presentan obras de arte que a pesar de ser privadas pueden ser disfrutadas por el colectivo.”»[4]
Entre esas obras de arte está la escultura fotografiada por Soledad López (1938-2016) que enmarca el mes de julio del calendario editado por El Archivo para el año 2026, Cámara en mano. Fotografía de calle. Antología de maestros en Venezuela, imagen que forma parte de su serie de los años 70 tomada en el Cementerio General del Sur.
Fotógrafa, diseñadora y docente nacida en España en 1938, Soledad López había llegado con su familia a Venezuela siendo apenas una adolescente. Hizo suyo al país, no solo con su permanencia y la constitución de una familia, sino por sus estudios en el Instituto de Diseño Neumann en Caracas, y sus recorridos geográficos en los que capturaba , paisajes geográficos y humanos; más tarde, a mediados de la década de los 70, continuó su formación en la Slade School of Fine Arts (University College). Soledad López desarrolló un lenguaje de grandes confluencias: sus inquietudes existenciales, el documentalismo, el trabajo autoral y conceptual, que profundizó en muchas ocasiones en el diálogo con el artista conceptual, geógrafo y docente, Claudio Perna (1938-2004), con quien compartió inquietudes y trabajos.
La mirada que desarrolla Soledad López de los paisajes solitarios, los árboles, la ciudad, la niñez, lo femenino explorado en todas las edades y la muerte, es personalísima. Así, la muerte, en vez de ser muestra lúgubre del final, se transforma en quietud eterna cuando enfoca a los ángeles, Cristos, Vírgenes y piedades, y el estatuario todo del camposanto caraqueño.
El encuadre que eligió López para esta imagen es cercano. No se ven los ojos de la escultura hecha de mármol, aunque la direccionalidad de la barbilla se guía ligeramente hacia abajo, como quien está en honda reflexión, rezo e introspección. Los rizos de su cabello y la mano apoyada sobre la clavícula nos recuerdan la obra de escultura del artista Giulio Monteverde (Italia, 1837 – 1917), conocida como el Ángel de Monteverde (1880), realizada para la familia Oneto, en el Cementerio monumental de Staglieno de Génova, en Italia del norte.
Ignoramos quién fue el artista que esculpió la imagen tomada por Soledad López, pero la belleza, honda aflicción, recogimiento y acompañamiento de su gesto ocupan el cuadro y quizás ofrece su “protección”, no solo a quien guarda por toda la eternidad sino a quienes le vamos presencialmente o la admiramos a través de la fotografía.
[1] Fundación Arquitectura y Ciudad: https://fundaayc.com/2024/11/17/algo-mas-sobre-la-postal-no-429/
[2] Landaeta Rosales, Manuel. (1906). Los cementerios de Caracas, 1567-1906. Tipografía Herrera Irigoyen. p. 17
[3] Los datos de Raimundo Andueza Palacio, Juan Pablo Rojas Paúl y Joaquín Crespo fueron extraídos del Diccionario de Historia de Venezuela, de la Fundación Polar.
[4] Fundación Arquitectura y ciudad: https://fundaayc.com/2024/11/17/algo-mas-sobre-la-postal-no-429/
