En la entrega Nº 75 de «Apuntes sobre el fotolibro» compartimos un texto del comisario e investigador de arte español, Horacio Fernández sobre la fotografía de Hellmuth Stralka y que forma parte del fotolibro PHotoBolsillo Hellmuth Straka (La Fábrica y Archivo Fotografía Urbana, 2024), uno de los nueve títulos que hasta la fecha han coeditado La Fábrica y el Archivo Fotografía Urbana como parte de la colección de autores latinoamericanos de la editorial española. El texto es acompañado por algunas de las imágenes de la publicación que incluyen fotografías del autor y dobles páginas de sus álbumes de viaje..

Hellmuth Straka (Checoslovaquia, 1922-Venezuela, 1987), llega a Caracas en 1952. Casi la mitad de los treinta años que tiene han sido atroces. Al igual que el resto de su generación, los nacidos en torno a 1920, no ha podido escapar totalmente de la guerra. Por si fuera poco, ha perdido su nacionalidad en las limpiezas étnicas de la posguerra. Pero también es afortunado, ha sobrevivido. A pesar de llevar el uniforme de los perdedores.
A partir de 1945, Straka malvive en una Centroeuropa en ruinas, dividida por fronteras cada día más férreas. Tiene ocupaciones precarias y variadas: fotógrafo, enfermero, intérprete, policía, domador circense, emigrante sin papeles. Al final consigue salir de Europa y llega a Venezuela, aunque no puede ser asesor militar, como era su intención. Su infortunio se acaba cuando encuentra trabajo fijo, gracias a su facilidad para las lenguas. Una vez estable, enseguida comienza a viajar desde Maracaibo, la ciudad donde reside, a las montañas de la frontera colombiana, el lugar que habitan las comunidades yukpa y wayuu.
Estas excursiones se vuelven poco a poco lo principal de su vida. Durante ellas toma notas en cuadernos de campo, más tarde aprovechados para escribir el relato de sus experiencias y aventuras. En 1980 lo publica con el título Ocho años entre yukpas y japrerías. «Su intención es despertar, por lo menos en algunas mentes, un poco de comprensión para nuestros hermanos indios», escribe Hellmuth Straka. «El indio no quiere mucho, solo que se le deje vivir en paz en el último pedacito de tierra que les queda todavía, después de 500 años de ultraje», concluye.
Todo lo que Hellmuth Straka sabe lo ha aprendido de las personas que encuentra, a las que sorprende con sus habilidades de poliglota. Desde el principio se gana el respeto a través de las preguntas. También silbando, un arte que domina. Dado que todo es nuevo para él, pregunta constante- mente, como «un confesor oficioso». Tanta curiosidad genera desconfianza, que sortea explicando que es «español mansito y no blanco maluco».

Registra todo con sus cámaras y con papel y lápiz para que no se le escape nada, tanto si lo entiende como si no. Comprender lleva tiempo. «Sé ahora —escribe en su libro— que los rasguños que a veces se ven a un metro de altura en la corteza de los árboles los hizo el tigre para afilar sus garras. Sé que la pintura blanca en la cara de las muchachas significa que hace poco tenían su fiesta de iniciación». La curiosidad es importante, pero no suficiente. Las fotos que hace y las notas que redacta son la base de un nuevo trabajo, la creación de unos álbumes que llena de fotografías, dibujos y notas manuscritas. Al final hace muchos, los veintisiete álbumes que han permanecido en propiedad de sus descendientes hasta ser encontrados y estudiados por un investigador tenaz, el fotógrafo Vasco Szinetar, quien ha conseguido que estos, en compañía de negativos, diarios de viaje, cuadernos, correspondencia y otros documentos, formen parte desde 2015 del acervo del Archivo Fotografía Urbana. Cientos de páginas y miles de fotografías de las que este libro presenta una pequeña muestra, apenas un aperitivo de lo que se puede hacer.

Los álbumes de Hellmuth Straka se acercan a formas de creación no académicas, como la pintura naif o el art brut. En una doble página hay un mapa en una hoja y un escudo en otra, dibujados con lápices de color. Sobre el mapa, que señala lugares y etnias, aparecen recortes silueteados de fotos en blanco y negro: torres petroleras, cerveza, sombrero, obelisco, guajiro y choza, además de una mujer morena y el propio Straka montados a caballo. En la otra página, alrededor del escudo hay recortes de fotos de pescadores y guajiros, un fotógrafo, un policía, la mujer morena de antes y un paisaje con cactus y más torres petroleras.
El resultado es un collage que trata de sintetizar ideas generales con dibujos y fotografías, algunas informativas y otras personales. Los dibujos carecen de pretensiones, pueden considerarse escolares. La mezcolanza de las fotos tampoco es muy profesional. Pero estos posibles defectos se vuelven virtudes en cuanto se valora lo que el conjunto dice sobre el autor y su versión particular de un territorio. El orden no es convencional, solo él podría explicarlo. Aunque las torres petroleras, la imagen más característica del estado Zulia, la provincia de Maracaibo, están presentes, lo demás es el espacio afectivo y singular de una persona, las gentes y paisajes preferidos del autor.
Hellmuth Straka aparece muchas veces en las fotos de los álbumes. Es un hombre de complexión fuerte, pelo claro y bigote recortado, que suele llevar camisas militares, pero también gusta de las estampadas. Parece simpático, a menudo se retrata con gente, sobre todo con mujeres, que salen en muchas fotos. Milagros Socorro ha señalado la belleza de algunas fotos de mujeres wayuu que pintan sus rostros vestidas de la cabeza a los pies con grandes trajes llamados mantas.

En los álbumes hay páginas donde Hellmuth Straka presenta docenas de señoras, casi siempre de cuerpo entero, recortadas de fotos más generales. Un ejemplo es un desfile festivo, con música de tambores y trompetas, fotografiado en Trinidad. La mirada pasa por la doble página como por un zoom, de lo general a lo particular, un mosaico de recortes femeninos, colmado en los márgenes hasta el desbordamiento. Un ejercicio analítico, puro horror vacui, repetido otras veces, como en las páginas dedicadas a la fiesta del Primero de Mayo, donde también se pasa de las fotos generales a una explosión de primeros planos. El autor utiliza sus imágenes para individualizar la masa. Al identificar, uno a uno, los árboles del bosque, humaniza a la multitud.
Los álbumes de Hellmuth Straka tienen valor por sí mismos. No solo por las fotos, también por el orden. O por el desorden, si se quiere. Es posible que las interpretaciones más interesantes sean las que, además de las fotos, examinen los montajes desordenados, el horror vacui, la caligrafía colegial, los escudos y demás símbolos, los datos sacados de enciclopedias y folletos de turismo, los temas reiterados.
Están compuestos de fotos, pero van más allá de lo fotográfico. No son reportajes, sino más bien cuadernos de campo. De todas formas, como todas las fotos son documentos de un tiempo y un lugar, es posible hacer una lectura política o social. Más aún cuando se sabe que Hellmuth Straka publicaba entonces artículos en prensa para denunciar abusos de hacendados y empresas mineras, reiterados en su libro de 1980. En una foto de 1955, el fotógrafo está junto a una señora que viste un traje manta. Parece hablar a la cámara, como si estuviera en el rodaje de un documental. «Una mujer cuesta 400 bolívares», informa el pie de foto. Debe ser un comentario social, al igual que otra página que presenta dos planas de periódico, una antigua y otra reciente. La nota manuscrita al pie dice: «Ayer esclavos prófugos, hoy indios desamparados».
Antes he escrito que los álbumes de Hellmuth Straka van más allá de lo fotográfico, un territorio bastante más ancho de lo que parece. La fotografía tiene muchos trajes. Los mejor cortados se presentan tan protegidos e iluminados como las gemas de las joyerías. Las fotos de los museos y las galerías exclusivas se cuelgan en la pared como si fueran cuadros caros. La sastrería fina tiene un precio. Otra manera, más discreta, de vestir la fotografía es la revista, el libro y, en particular, el fotolibro. En las publicaciones, las fotos dejan de ser objetos autónomos, se convierten en partes de un todo que puede ser, entre otras variantes, conjuntos ordenados formalmente, complemento de versos o narraciones parecidas a películas, con texto, como en las fotonovelas, o sin él.

Además de estas formas de presentar, publicar, exponer o mostrar fotos, hay un universo fotográfico bastante desordenado y, quizás por eso mismo, apenas estudiado: la llamada fotografía vernácula. Fotos enmarcadas, intervenidas o coloreadas, fotoesculturas o broches fotográficos, retratos familiares e instantáneas posadas, entre otros objetos fotográficos que se encuentran en aceras de rastros y covachuelas de chamarileros, cuando no directamente en la basura. Son fotos privadas, casi siempre anónimas, que se hacen públicas al fallecer sus propietarios. No las busquen en subastas ni historias de la fotografía, con la excepción de Geoffrey Batchen, quien ha dedicado libros y exposiciones al tema.
La fotografía vernácula carece de reglas y patrones obligatorios. A veces la foto no es más que la materia prima del autor, que lo mismo trabaja con sus propias imágenes que con otras encontradas al azar de mercadillos o publicaciones. El collage es una de sus formas, pero no la única manera en la que se intervienen las fotos propias o ajenas. Algunos trabajan con álbumes, un objeto tan viejo como los retratos fotográficos.
Las fotos, sobre todo los retratos, se han guardado cuidadosamente en álbumes desde los años sesenta del siglo XIX. En su Pequeña historia de la fotografía, Walter Benjamin recuerda con desdén su presencia en los recibidores encima de una consola o un taburete, así como el mal gusto de sus cubiertas de piel con cierres metálicos, abiertos en algunas ocasiones para torturar a las visitas. No le faltan razones. Los álbumes convencionales contienen retratos de personas inmóviles como muertos en escenografías aburridas y reiterativas, un telón pintado o una cortina recogida, una balaustrada o una columna de cartón piedra apoyada sobre una alfombra polvorienta.
Álbumes de este tipo los hay a montones, olvidados en los rincones más oscuros de las tiendas de antigüedades. Pero pocas, muy pocas veces se pueden encontrar álbumes de fotografías tan únicos, vivos y valiosos como los de Hellmuth Straka.

