Cuenta la historia de la ciudad de Caracas que el caserío El Tartagal pasó a llamarse El Silencio después de que una epidemia, a mediados del siglo XVII, azotara la ciudad. Cuando una comisión del Cabildo visitó sus calles, registró que en el lugar “sólo se advertía un profundo silencio”[1] y de allí en adelante, se conservó ese nombre. Pero, la urbanización que todos conocemos en la actualidad y que se construyó en el siglo XX representa todo lo contrario: movimiento comercial, tráfico vehicular y peatonal, bullicio, un ir y venir agitado, compatible solo con el tiempo y la dinámica de la modernidad.
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Los años 30 del siglo XX en Venezuela plantearon como novedad exigencias de todo tipo; el país petrolero mostraba cambios, no siempre positivos, que se hacían visibles en la ciudad que comenzaba a ser más habitada y más caótica; la población, los servicios públicos, las vías, reflejaban otras necesidades y dejaban al descubierto los problemas del país eminentemente rural. La muerte de Juan Vicente Gómez en 1935 “condujo a que en… [la ciudad] empezaran a ensayarse propuestas de modernización”.[2] Una de ellas condujo a la reurbanización de El Silencio. El proyecto residencial fue planteado por Carlos Raúl Villanueva, quien, al terminarlo en apenas 30 meses, “materializará el primer gran elemento urbano moderno de la ciudad: la urbanización El Silencio (747 apartamentos y 207 locales comerciales), por su escala y la calidad de la solución, la intervención más importante que Caracas había conocido desde su fundación”.[3]
Aquella zona antes insalubre “en el corazón de una vieja ciudad”,[4] según palabras de Carlos Raúl Villanueva, tenía ahora la proyección de edificios, locales comerciales, parques infantiles, fuentes y esculturas: elementos modernos y hasta ese momento inimaginables. Las fotos que retratan cómo era El Silencio de 1942, las notas de Carlos Raúl Villanueva en el libro Caracas en tres tiempos muestran el alcance y genialidad de su concepción urbana que mezclaba funcionalidad, belleza, pervivencia de elementos estéticos antiguos, e incorporación de lo nuevo: calles de servicio, estacionamientos, unidades de vida cooperativa, como áreas de descanso cercanos (Parque de El Calvario), el eje de la Avenida Bolívar y esa maravilla que consistió en rescatar de la Caracas de antaño “sus portales, balcones y columnas panzudas” para dar “encanto a lo que ya se iba olvidando en la tradición nacional. Contra el edificio-colmena, puramente utilitario, Villanueva nos recordaba el hispano y latinísimo linaje del soportal, ese heredero mediterráneo del foro romano; la ‘loggia’ abierta sobre la plaza o la calle…”[5]
El Silencio se inauguró en 1945 y el contraste con lo anterior era extraordinario.
Victoriano de los Ríos (España, 1910 – Venezuela, 1975), el maestro de la fotografía cuyos retratos de Armando Reverón —junto a los de Alfredo Boulton y Ricardo Razetti— son emblemáticos, así como sus reportajes fotográficos sobre el arte, la arquitectura y la vida en la ciudad que se transformaba por efectos de las obras públicas, y proyectos residenciales y comerciales como el del Silencio, toma, a diez años de su inauguración, la fotografía que corresponde al mes de agosto de nuestro calendario 2025, Un atlas para los niños.
En los “bloques del Silencio” pasaban muchas cosas. En sus parques internos había ruedas, aros, toboganes y columpios que solían estar llenos de niños. Eran áreas propicias para celebrar fiestas, como la de nuestra fotografía del mes que refleja un modo de vivir caraqueño de mediados del siglo XX, así como el canon de vestimenta de esos años. Cada quien con sus galas: los varones más pequeños llevaban pantaloncitos cortos, y según la costumbre, a medida que fueran cumpliendo años, podrían ir bajándolos hasta usar los largos —ritual de iniciación de la juventud—. Todos visten con camisa planchada y zapatos de cuero, unos más lujosos o brillantes que otros, pero todos, de “vestir”. Las niñas, con sus vestidos, lazos y, en algunos casos, sandalias con medias dobladas que seguramente terminaban con una tira bordada. Las damas, ataviadas con vestido o falda, lucen peinadas y adornan sus cuellos con discretos collares; los caballeros van con traje y corbata y se pasean entre las mesas dispuestas en el patio a cielo abierto.
La fotografía revela lo que se ve: la construcción reciente, el buen cuido de los edificios, la iluminación que se encendería en los faroles al caer la noche. Pero también revela aquello que no aparece: ningún vecino está asomado a su balcón, ¿discreción de los no invitados o justamente lo contrario, todos lo eran?
En cualquier caso, El Silencio guarda maravillosas historias como la de esta fiesta que se nos antojó pudo haber sido celebrada en el mes de las vacaciones escolares y que, como tantas fotografías de Victoriano de los Ríos, forma parte de la valiosa colección del Archivo Fotografía Urbana, que recoge parte significativa de nuestra memoria visual.
[1] Waale, Ricardo. (2010). Libros de Caracas. Caracas: Fundación Bancaribe para la Ciencia y la Cultura. En: https://bancaribe-prod-2020.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2021/07/LIBROS-DE-CARACAS1-comprimido.pdf
[2] Negrón, Marco. (2004). “Caracas, vida, pasión, muerte… ¿y resurrección?”. En: Ciudad, espacio público y cultura urbana. Tulio Hernández (comp.) Caracas: Fundación para la Cultura Urbana.
[3] Ob. cit., p. 228
[4] Villanueva, Carlos Raúl. (1966). Caracas en tres tiempos. Iconografía retrospectiva de una ciudad. Ediciones Comisión Asuntos Culturales del Cuatricentenario de Caracas.
[5] Mariano Picón Salas. (1966). “Caracas allí está”. En: Caracas en tres tiempos. Iconografía retrospectiva de una ciudad. Ediciones Comisión Asuntos Culturales del Cuatricentenario de Caracas.
